“La muerte era nuestra cotidianidad, mucha gente cercana desapareció”

Crédito: Tomadas de Arcadia.com (Cortesía de Cineplex) / EL NUEVO DÍAEl diseño de modas es su pasión, en tiempos en los que se ha vuelto peligroso.
En ‘Perseguida por la tradición’, Mounia Meddour canaliza la historia de muchas argelinas que enfrentaron el terror religioso desde la expresión creativa en los noventas. Arcadia habló con ella sobre una cinta que le valió dos premios César y se estrena en Colombia.
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Antes de que el mundo se detuviera, el primer largometraje de la argelina Mounia Meddour dejó una huella de resistencia femenina en los más recientes premios César. En París, se llevó el premio a Mejor Ópera prima y a Mejor actriz revelación (para su protagonista Lyna Khoudri).

Perseguida por la tradición. Papicha presenta un retrato de mujeres jóvenes que enfrentaron el terror religioso de la Argelia de los noventas con acción, con moda, arriesgando sus vidas. Al frente, un personaje principal que brilla con intensidad y una relación emocionalmente genuina que proyecta con el resto del reparto.

La historia sigue los pasos de Nedjma (Papicha) y sus amigas, cuyas personalidades y lazos retrata con esmero. En medida corta, pero no menos simbólica, también ofrece postales de su hermana y su madre. Las jóvenes viven en una residencia universitaria; la hermana, periodista, arriesga el pellejo por desenmascarar los abusos del poder religioso, y la madre, en su hogar, espera lo inevitable en una sociedad que vira rápidamente hacia un radicalismo violento.

Vamos percibiendo desde el prisma de las jóvenes cómo se va instalando la opresión colectiva de un régimen islámico radical, un hecho que sucedió y que la directora vivió.

A la fuerza de los golpes y de las armas, este aspira a doblegar a las mujeres aplacando su manera de vestir y de actuar. Nedjma, con una vena para el diseño de modas, ya no consigue las prendas coloridas de antes. El tendero ahora parece solo ofrece hiyabs. En ese marco oscuro, todo acto creativo parece entonces rebeldía, e incluso los hombres que las pretenden parecen manifestar un control. Y rebelde contra todo eso es el personaje, en su empeño por seguir en su tierra y no dejarse dictar un destino.

La directora Mounia Meddour salió de Argelia de un día para otro, por la fuerza de la amenaza, y si bien marcó un camino jamás olvidó ni dejó atrás. En su cinta plasmó mucho de lo que vivió hasta que llegó el repentino desarraigo del cual, entre otros temas como la necesidad de las sociedades de exorcizar sus demonios por medio de la memoria, habló con Arcadia.

 

Cuéntenos sobre esta cinta, cómo llegó a esta historia...

Hice todo mi colegio en Argelia, y también cursé un año de periodismo en el que vivía en una ciudad universitaria muy parecida a la que retrata la película. Al final de ese año, a mis 17 años, mi familia decidió irse del país. Los intelectuales estaban en la primera línea. Mi padre, cineasta, recibió amenazas; era el corazón de lo que se conoce como la ‘década negra’ en el país, los noventas.

Nos instalamos en Seine-Saint-Denis, donde la alcaldía de Pantín (a las afueras de París) había gestionado la llegada de varios intelectuales argelinos. En Francia, me inscribí a una maestría de Información y comunicación, y me orienté hacia el cine documental. En 2012 hice mi primer cortometraje de ficción, Edwige, y luego comencé a pensar Papicha.

 

La conexión entre Nedjma y sus amigas y su hermana Linda son muy fuertes, muy fluidas y humanas. Y por eso cargan un dolor profundo, ¿qué dice su cinta sobre la pérdida, el dolor y la necesidad de seguir?

Muestra que, así sea en los momentos más difíciles, la gente sigue su marcha, va a su trabajo, a su colegio, y a divertirse incluso. La vida sigue a pesar del peligro.

Nedjma siente la pérdida de su hermana, y la pulsación de su vida la lleva a la rabia, y al límite del peligro. Nedjma no se opone a la religión, pero sí a los abusos cometidos en su nombre. Para ella, diseñar prendas es una forma de duelo. Cuando se vive un duelo, hay una necesidad de entrar en acción. Ella no se queda en visitar una tumba, pero una vez se permite llorar es que logra soltar y seguir adelante, encontrar algo de paz.

Ahora, el personaje de Linda es un homenaje a algunos periodistas e intelectuales, un grupo al que se persiguió antes de que la amenaza llegara a toda la población. La muerte era nuestra cotidianidad. Mucha gente cercana, amigos y familia, desapareció.

 

Presenta los extremos religiosos, y la valentía para hacerles frente. Cuéntenos por qué lo hizo a través de la ropa y un desfile…

Esa idea surgió de una necesidad económica: me pregunté lo que podría utilizar esta joven mujer para montar una colección de vestuario sabiendo que no tenía muchos recursos. En Argelia cada mujer tiene un haik, una prenda que, de hecho, además de su función tradicional era un símbolo de la resistencia nacional argelina contra la política colonialista francesa.

En esa época, las mujeres ocultaban las armas de los combatientes debajo de este velo y ese uso me parecía interesante, simbólicamente, para mostrar que las mujeres siempre han resistido codo a codo con los hombres, contra colonialismo o terrorismo. El color también era importante: el blanco representa la pureza y elegancia de la mujer argelina, una perfecta antítesis al negro oscuro del hiyab importado de los países del Golfo.

 

Todo el mundo alrededor de Nedjma parece querer salir de Argelia, ella, no…

Ella viene de un medio popular. Muchas jóvenes trabajaban duro para poder vivir en la vivienda universitaria. Para estudiar, claro, pero también para tener algo de libertad, de alejarse del cascarón familiar muy marcado por el padre o el hermano. Era un espacio de libertad.

Nedjma es una mujer combativa que sueña con quedarse en su país. Yo era así: cuando se es joven y no se conocen las posibilidades que ofrece el extranjero, uno se quiere quedar. Irme fue muy difícil, un desarraigo muy repentino, de un día para otro.

 

¿Qué tan distinto es hoy el panorama para mujeres como Papicha?

Argelia guarda en la memoria el traumatismo de esa década negra, la población, aún 20 años después necesita exorcizar ese drama. Cada vez que hablaba sobre este rodaje con la gente, del equipo o en la calle, sentía esa necesidad vital de transmitir. Hablar de esto es crucial para evitar nuevas desviaciones.

Lo que hoy denuncia la gente argelina es la pésima gestión económica y social del país. Por eso sale masivamente a pedir cambios. Pero creo que sacamos nuestras lecciones de esta historia, que dejó 150.000 muertos después de todo: las reivindicaciones ya no son religiosas. La gente, sencillamente, pide y quiere vivir mejor.

 

Las mujeres en su cinta luchan incluso contra los hombres que las pretenden. Otro plano más de la opresión palpable…

Lo que viven las jóvenes en esa ciudad universitaria básicamente era lo que vivían las jóvenes argelinas en los años noventa. Y algo como lo que yo viví también. Con la llegada del integrismo/fanatismo, la opresión venía de todas partes. Ahora, hay un atentado en la cinta que es un recurso de ficción dramática. Así como lo es la pasión de Nedjma por la moda, que toma tintes simbólicos, pues lo que querían los islamistas en esa época era esconder el cuerpo de las mujeres. Para mí, la moda, que embellece el cuerpo y lo envuelve, es un símbolo de resistencia contra los velos negros.

 

¿Qué quisiera que se lleve el público de su película?

Cuando soy espectadora en una película, me gusta identificarme con los personajes, seguir sus trayectorias y aventuras. Me gusta ver cómo afrontan los obstáculos y los dramas y llegan a ser mejores. En el caso de Nedjma, todo alrededor sí que se agita. Cuento la historia de esa joven mujer que, a través de su resistencia, nos lleva en un viaje lleno de obstáculos que revela facetas de la sociedad argelina, de solidaridad, amistad, amor y de lados oscuros. En parte, eso es la ciudad universitaria, un microcosmos.

 

Escuchamos Technotronic, Ini Kamoze, clásicos noventeros muy pertinentes…

Una vez me lancé a transmitir esta experiencia desde la ficción, la escritura fue instintiva y rápida, casi tan compulsiva como un dictado. Y claro, quería ser fiel a los detalles, recuerdos, y a la gran música de la época.

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Nedjma y una mirada masculina cada vez más opresora.

ALEJANDRO PÉREZ ECHEVERRY - TOMADA DE ARCADIA.COM

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