La Flor de Inírida que un tolimense logra preservar y hacerla ‘eterna’

Crédito: Suministradas / EL NUEVO DÍALas flores luego de perder su color, toman un amaderado que las deja perdurar muchos meses más.
Este joven investigador redescubrió esta especie que es considerada símbolo de amor eterno y es sostenible al cien por ciento social y ambientalmente.
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A miles de kilómetros de su tierra natal, un tolimense hace más de una década redescubrió una especie de flor que narra una historia importante de la Amazonía colombiana. Se trata de Mateo Fernández Lucero, un biólogo de la Universidad de los Andes que le cuenta a Colombia y el mundo, que existe la Flor de Inírida, la flor del ‘Amor eterno’.

Lo que fuera una investigación de tesis en su pregrado, se convirtió en un proyecto de sostenibilidad social y ambiental, que beneficia a dos comunidades indígenas del Guainía, y conserva una flor que era prácticamente desconocida. 

Desde entonces, Fernández Lucero, egresado del Colegio San Bonifacio de las Lanzas y un investigador nato, encontró apoyo en Martha Toledo, una profesora y líder ambiental de la región, y emprendieron un reto que consistió en la recuperación de terreno y proyección de la flor como una especie de protección y exportación.

“Desde 2009 visité Inírida por primera vez, fui a hacer mi tesis de pregrado y me quedé investigando sobre las dos especies: la flor de verano y la de invierno, que para ese tiempo eran plantas de las que no se encontraba mayor registro, fotos en internet, y para la ciencia era muy desconocida.

No había investigación alguna en Colombia, y había sido descrita hacia el lado de Venezuela pero hace muchísimo tiempo, únicamente colectadas para la ciencia en la época del 50. 

En la tesis encontré que una de las especies, la de invierno, estaba desapareciendo. Solo quedaba una población dentro del área municipal de Inírida. Cabe aclarar que ninguna especie ha estado en vía de extinción, pero como en el Guainía el 98% del territorio son resguardos indígenas, digamos que solo el porcentaje restante es municipalidad y su sabana se había venido transformando”, afirmó el biólogo.

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Sostenible ambiental y socialmente

Una vez encontrada la necesidad, Mateo junto a la profesora Toledo reunieron fondos y compraron un terreno donde crearon una reserva municipal para proteger esa población, y seguir investigando la especie.

Luego de estudios y superar varios retos, comenzaron a propagarla. “Comenzamos con los indígenas de la región a sembrarla, entenderla y cada año sembrando un terreno diferente, íbamos mejorando y hoy en día repoblamos la sabana en donde no solo esta especie está protegida sino muchas otras que se dan únicamente allí”, agregó Fernández.

Cabe destacar que esta flor es única debido a las condiciones donde se reproduce, y esto, debido a las características de la sabana que a lo largo del año tiene climas extremos, húmedos y especiales que dan respuesta a esta flor para germinar tanto en invierno como en verano.

Además, que las comunidades de Curripacos y Zukuanis trabajan articuladamente para producir las flores que ya han llegado a varias ciudades del país, e incursionar en otros países. Por esa razón, desde una empresa constituida hacen llegar hasta la puerta de los hogares estas flores consideradas exóticas.

“Recuerdo que las primeras veces en que regresaba a Bogotá, particularmente en el aeropuerto, las personas se quedaban viendo los ramos que traía. Estaban fascinados, no las conocían y querían tenerlas en sus hogares”, agregó Mateo.

 

‘Eternas por naturaleza’

Además del carácter científico que ha venido desarrollando Mateo junto a un creciente grupo de investigadores e interesados, también existe una leyenda que ha permanecido por generaciones entre las comunidades indígenas.

Pues aquello de que sean las flores del ‘Amor eterno’ también rememora la leyenda Puinave, en la que la princesa Densikoira se enterró en los cerros de Mavicure recogiendo los luceros y las estrellas que encontraba a su paso, prometiendo amor eterno al hombre con el que jamás se casaría, porque no era de su clan; entonces los luceros y las estrellas se convirtieron en flores eternas. 

Por ello su duración, frescas durante 15 días, se inmortalizan sin perder la estructura, tomando un color similar a la madera, en un proceso de seis meses.

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A miles de kilómetros de la sabana

Como las especies continúan ‘domesticando’ su comportamiento, la investigación no se detiene y su producción tampoco, por esa razón Mateo le contó a esta redacción que ya lleva un par de artículos científicos publicados en importantes revistas, incluido en Harvard y que la comercialización ha tenido mayor credibilidad.

Asimismo, han participado en ferias y mercados de flores, y esperan distribuir en toda Colombia y otros países. 

Mientras tanto, ciudades como Bogotá, Medellín e Ibagué tienen puntos de venta por encargo.

“Este es un ejemplo para muchas personas, para los estudiantes, que esta es una de las 30 mil especies de plantas que hay en Colombia, aproximadamente (...) este es un país tan diverso que no nos cabe en la cabeza.

Ojalá alcancemos a entender a tiempo, porque en unos años el mundo entero va a estar allá buscando cada vez más, saber de estas especies”, finalizó el investigador.

REDACCIÓN CULTURA

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