Hay que apuntar a la generación de valor

Camilo Ernesto Ossa Bocanegra

Optimista es creer que el cambio y la transformación de Ibagué está en quienes ayudaron a elegir el actual gobierno local, pero déjenme decirles algo, eso no responde a la realidad.
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Hay algo llamado optimismo no realista que se usa para explicar, en gran parte, los riesgos individuales que se asumen, en especial los relacionados a la vida y la salud (pero también aplicables al destino de una ciudad).

Cass Sunstein y Richard Thaler, este último ganador del premio Nobel de Economía en el año 2014, en su libro ‘Un pequeño empujón’ nos traen una serie de ejemplos que caracterizan el problema de ese optimismo desbordado –e irracional- en la toma de decisiones. Por ejemplo, el caso de “los fumadores, ellos conocen los riesgos estadísticos de fumar, pero casi todos creen que tiene menos probabilidades de que se les diagnostique cáncer de pulmón o una enfermedad del corazón que a la mayoría de los no fumadores”. Hay que ser optimistas, pero realistas.

Ibagué necesita generar valor agregado, caminar hacia la gestión de negocios y actividades que permitan apuntalar el crecimiento económico, debería ser la visión a mediano y largo plazo por parte de la Alcaldía municipal. Pregunto: ¿cuáles empresas públicas de la ciudad, en capacidad legal para hacerlo, participan en un mercado con el objetivo de competir en la venta de bienes o prestación de servicios? Tal vez podríamos decir que sólo el Ibal cumple con dicha función –por lo menos en teoría-, toda vez que estamos en presencia de un mercado monopólico de servicios públicos domiciliarios, pero, ¿qué decir, por ejemplo, de la Gestora Urbana o Infibagué? La primera es una empresa industrial y comercial del Estado creada para ser el banco inmobiliario de la ciudad y la segunda, un establecimiento público destinado a “fomentar, promocionar y contribuir al desarrollo sostenible y con sentido social al municipio de Ibagué”.

¿Qué tanto compiten estas empresas en sus mercados con los particulares para ofrecer sus bienes y servicios y generar riqueza en la ciudad? Hacia allá hay que apuntar, a la conformación, entre estas y la transformación y creación de otras, de un conglomerado público económico (un establecimiento público descentralizado para el sector cultural y una Agencia de Promoción y de Inversión son realmente necesarios).

Las ventajas de la competencia son muchas, por un lado, aseguramos el crecimiento de las empresas públicas de la ciudad. Es crear una fuente de empleo, crecimiento, desarrollo e inversión. Por el otro, se puede incursionar en variadas actividades económicas que generen ingresos, pero lo mejor, aseguramos una verdadera reactivación económica a largo plazo, algo que no logra la inversión de recursos destinados sólo a obra pública, pues si bien inyecta recursos y genera empleo, es a corto plazo y, lo que requiere la ciudad es una política pública de competencia dinámica, que asegure crecimiento y generación de riqueza a futuro.

Según Walter Nicholson, las ventajas de la competencia están medidas en el hecho que “los beneficios económicos atraerán nuevas empresas a un mercado competitivo a largo plazo. Esta entrada seguirá hasta que los beneficios económicos se reduzcan a cero –atracción de la inversión-, con lo cual, dicha entrada de nuevas empresas, puede tener un efecto sobre el costo de los insumos de las empresas para producir”. A eso hay que llegar, a ser competitivos.

CAMILO ERNESTO OSSA B.

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