Hablemos de drogas: Puro exotismo antropológico

Por hablar de drogas y por coordinar procesos relacionados con el tema se me ha preguntado si consumo alguna sustancia psicoactiva. La pregunta no ha tratado sólo de una curiosidad ingenua y coloquial sino también de un imaginario respecto del tema. Para algunos consumidores, es “obvio” que la persona que trabaje con ellos algún tipo de intervención, consuma o haya consumido una droga.

Para quienes no consumen puede resultar “extraño” que esta persona no consuma o no haya consumido alguna droga e incluso pueden llegar a pensar que lo más seguro es que lo terminará haciendo.

Según parece, hablar de drogas es sinónimo de haberlas consumido así como tener el pelo largo, chaqueta de jean o estilo rasta. Por mi trabajo, todo el tiempo me la paso con jóvenes consumidores y población en estado de vulnerabilidad, salgo con ellos a la calle y me siento en un andén a conversar con el del costal o con el “careloco” que va acelerado o paranoico por la calle. Me imagino lo que pensarán muchos cuando recuerdan el viejo refrán que reza: “dime con quien andas y te diré quién eres”.

Recientemente un grupo de fumadores de marihuana me preguntó si yo consumía “alguna cosa” y sonrieron con sospecha cuando escucharon mi respuesta; luego me dijeron: “y cómo va a ser, profe, que usted coordine un programa de drogas y no consuma ninguna sustancia”. Es decir, el estigma de la droga persigue no sólo a quien la consume, sino también a quien intenta aportar algo a la comprensión de este fenómeno y no la consume.

La discusión sobre este tema es compleja y voy a partir de una cuestión esencial: el consumo de drogas es un hecho, es decir, todos los días nos encontramos noticias relacionadas con las sustancias psicoactivas, salimos a la calle y en todo lado nos encontramos con alguien que las consume, que las bota en un parque, que las compra, que las porta y las comporta: un olor, un color, una forma. 

Muchas personas no aceptan que eso sucede, se niegan a creer que un ser humano –con el poder y el estatus que le da su razón y su voluntad- sea esclavizado por una droga y entonces, sin intentar acercarse a la comprensión de esta circunstancia, lo degradan a una condición baja en la escala social y lo envuelven en un concepto inhumano y mezquino, lo estigmatizan y lo marginan. En otras palabras, como no aceptan su condición y no entienden –o no se preocupan por entender- las dimensiones de esta condición, entonces lo convierten en un mito que, en términos prácticos, equivaldría a echar en una bolsa aquello que está sucio para quitarlo de la vista pensando que la bolsa es la mejor solución que se podría tomar.

Tan mitificada está la droga que tan sólo al leer la palabra o al escucharla, viene a la mente toda una construcción social hecha de imágenes marginales, negativas, polémicas, insalubres y moralmente malas. Ni qué hablar de drogadicto o drogadicción. Pero definitivamente hace falta hacer más conciencia sobre el daño que producen los estigmas, aceptando claro está, que hacen parte de la dinámica social y cultural de una sociedad. Por mi parte, creo más bien que son reflejo de una negligencia del ser humano al no tomarse el trabajo de reflexionar sobre la utilidad que tiene la razón cuando es puesta al servicio del conocimiento.

Se me pregunta si consumo drogas, como si consumirlas fuera motivo de una pregunta, y entonces mi respuesta ha sido que consumir es un acto político y no consumir también lo es; partir de esta premisa, entre muchas otras, es la posición que debe adoptar quien intenta comprender el fenómeno con sensatez, lo demás hace parte del exotismo antropológico.

Credito
FEDERICO CÁRDENAS JIMÉNEZ

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