Hablemos de drogas: “Fumar marihuana por placer es un total irrespeto…” (2)

En mi encuentro con los Tubú, una comunidad indígena del Vaupés que se encuentra asentada a 63 kilómetros de esta capital, en un lugar que ellos llaman “el centro del mundo” o “el ombligo del mundo”, tuve la oportunidad de conversar con Diákara, su vocero, quien es el tercero de la generación de los Tubú.

Su nombre significa “hombre que danzará aunque el día amanezca oscuro”, pero la danza a la que se hace referencia no es el baile sino el canto, danzar para ellos es cantar. Tuve la oportunidad de hablar con él acerca de una de las riquezas culturales más grandes de los Tubú, que es su forma de sanar, su relación con las plantas medicinales y maestras en cuyo centro se encuentra el Yémono o “Tabaco del Guerrero”, más conocido en “occidente” como Marihuana.  

Esta es la continuación de un diálogo cuya primera entrega se realizó la semana anterior.

Frente a él, en un recinto ambientado como para una experiencia espiritual, Diákara me relataba las historias de su comunidad, las que se cuentan cuando se reúnen y sobre las que está edificada toda su cosmovisión.

“En nuestra comunidad sólo hay 10 nombres –me decía- no necesitamos más y cada uno con su nombre ya está definido para ser y hacer lo que en la vida será y hará, es decir, el nombre es el que marca el destino de la persona y son los padres de esa persona los encargados de inducirlo, de llevarlo, de hacerle ver su destino.

“Por eso no hay personas con problemas psicológicos, ni lo que en occidente llaman, problemas mentales, porque desde que se nace, la ruta de cada uno está definida y la persona sólo transita por este camino haciendo su trabajo de la mejor manera posible”.

No hay conflictos entre los roles sociales porque ya están definidos, toda su organización comunitaria es funcional y sinérgica, no hay una fuerza policiva –por utilizar una categoría común- porque hay respeto por las personas que guían, que son los ancianos, y por la autoridad, que es la misma comunidad. Es decir, la comunidad se auto regula, pero no con normas, reglamentos o estatutos, sino con educación desde la infancia: toda su apuesta de formación está basada en una convivencia entre ellos mismos y el medio ambiente, al que también demuestran bastante respeto.

En medio de la conversación con Diákara yo me autoevaluaba a partir de sus observaciones y pensaba en nuestro modo de organización social, en nuestra manera de asumir la vida, de hacer presencia en este mundo, y en la manera como nos relacionamos con las drogas –que es el tema central de esta columna y mi objetivo de conocimiento con los Tubú-. 

Diákara hizo énfasis varias veces en la manera tan superficial como hoy día las personas se relacionan con las drogas, especialmente con la marihuana:

“Parece ser que la síntesis de esta sociedad fueran las drogas y el sexo. Una persona piensa sólo en drogarse por la traba, por el placer, no por el conocimiento que pueda obtener sino –pareciera- por el daño que se pueda hacer. Podría pensarse que es como un proceso de autoextinción en el que el hombre se mata paulatinamente. Lo mismo con la sexualidad, de la que no se tiene conciencia respecto de sus posibilidades de conocimiento; la sexualidad es un regalo de la vida y una posibilidad de encuentro conmigo mismo a partir de la otra persona”.

Respecto de la marihuana, a la que ellos llaman el Yémonó -Yé (Guerrero) Monó (tabaco)-, es decir, “El Tabaco del Guerrero”, los Tubú la asumen como la mamá de todas las plantas: “esta planta no es cualquier planta, es una planta maestra”, enfatiza Diákara. Los Tubú nunca la han fumado para sentir placer, relajarse o para sentirse alegres, como dice la mayoría de los que la fuman en “occidente”: “fumar marihuana por placer es un total irrespeto”, agregó el líder indígena.

Los Tubú la enseñan a fumar desde los 8 años, sólo en el mes de mayo, tiempo en el que cuentan fue el nacimiento de la planta, y lo hacen con un propósito específico: el conocimiento del ser. A los 18 o 20 años la persona ya no la necesita porque ha entendido muchas cosas de la vida y entonces nunca más la fuma hasta que llega una nueva generación y hay una repetición de esta práctica, un nuevo proceso de enseñanza, esta es la razón de que en los Tubú nunca ha habido adictos ni dependientes ni un solo inconveniente relacionado.

El caso de los Tubú debe servir de referencia para evaluarnos acerca del sentido que tienen las cosas que hacemos y las decisiones que tomamos; invito a quien consume alguna droga a que se pregunte acerca del por qué lo hace y del sentido que tiene hacerlo, tal vez se sorprenda al saber que no encuentra una buena respuesta a estas preguntas, que lo que defiende no sabe cómo defenderlo y que, de repente está en medio de un sinsentido, es decir, que es una víctima más, un esclavo, una ficha, de este sistema consumista al que, con seguridad, ha defendido mil veces sin saberlo.

Credito
FEDERICO CÁRDENAS JIMÉNEZ

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