La ebriedad, un aspecto fundante de lo social y cultural en el ser humano

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Con el licor sucede lo mismo que con la marihuana. En algunos trabajos de campo que he desarrollado me he percatado que la marihuana – y la droga en general- actúa como un vehículo de lo social-cultural, es decir, he visto personas determinadas por fuertes y crudas circunstancias sociales que en la cotidianidad son rechazadas, discriminadas o marginadas por alguna razón y que en los espacios de consumo se encuentran con otras –que tienen circunstancias diferentes- y que interactúan entre ellas sin problemas y solidariamente. En otras palabras, en los espacios de consumo se da un fenómeno de integración y cohesión social interesante de analizar.

Esa característica de desinhibición, sensibilización y socialización que tienen algunas drogas –hay que decir que no en todos los organismos actúan igual- es lo que propicia entre otras cosas este fenómeno integrador, pero además, es la condición y el estatus de consumidor lo que da identidad a la persona, encuéntrese donde se encuentre, otro fenómeno aún más interesante y que valdría la pena investigar.

He visto muchas veces en las calles a personas que se acercan a habitantes de la calle –viceversa- a pedirles droga, una fumadita de lo que sea, incluso se sientan con los que consumen a consumir –ojo, porque ser habitante de la calle no es sinónimo necesariamente de consumo-, a compartir con ellos la droga; en ese momento no hay diferencias sociales ni culturales pues el vehículo socializador es la droga, y créanme que he visto personas de muy buen vestir y de alto nivel social en estas situaciones.

Pues así mismo sucede con el licor, sus características depresoras del sistema nervioso central propician la espontaneidad al haber una disminución en los mecanismos de alerta del organismo lo que genera un acto de socialización –podría decirse- automático.

Por esta razón muchas personas se toman unos tragos antes de hablar en público o para poder cortejar a una mujer –o a un hombre- porque precisamente en otras condiciones cotidianas y normales no serían capaces de hacerlo.

El vino, para el caso, es el licor social por excelencia. Los datos que se tienen al respecto datan de 8000 años de historia. No puede decirse que alguien lo inventó, pues él se hace a sí mismo, es decir, la fermentación de la vid es un proceso natural que en la Mesopotamia (hoy Irán y Egipto) fue aprovechada e insertada en la dinámica social y cultural de estos pueblos a tal punto de utilizar el vino en la adoración de sus dioses, en el pago de los salarios (a los hombres se les pagaba entre 10 y 20 cuartos de galón al mes y a las mujeres 10 cuartos de galón al mes) y en los rituales funerarios (los egipcios, por ejemplo, dependiendo del estatus del fallecido, ungían su cuerpo y sus pertenencias con vino).

Sin embargo, el vino, a pesar de su masificación, era consumido más por la clase noble mientras que la cerveza era la bebida del pueblo en general. Y fueron los fenicios, ubicados en medio de Egipto y la Mesopotamia, en todo el centro de lo que se conoce como la Media luna Fértil, los que se encargaron de llevar el vino en sus rutas de navegación hacia Grecia, Sicilia e Italia. Según nuevos descubrimientos, se dice incluso que en la China, por esta misma época, también se consumía vino en forma masiva.

Lo que se conoce como la Media luna Fértil, es una zona muy abastecida de agua dulce que viene de las montañas del norte, de la nieve que se derrite y que baja a las sabanas formando los ríos Tigris y Eufrates que desembocan finalmente en el Golfo Pérsico, circunstancia que favoreció el desarrollo de culturas muy avanzadas en la agricultura y ganadería, sobre todo desde la Edad de Bronce, razón por lo que a esa zona también se le conoce como la Cuna de la Civilización.

El vino entonces, al lado de la cerveza, son dos de las bebidas fermentadas más antiguas de las que se tiene conocimiento, y la ebriedad, un aspecto fundante de lo social y cultural en el ser humano.

Credito
FEDERICO CÁRDENAS JIMÉNEZ

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