El Hombre no vive sino que dirige su vida (A.Gehlen)

Dije en la entrega anterior que en la perspectiva de las drogas el tema de fondo es la libertad y que iba a aventurarme a desarrollarlo de forma continua con la intención de sentirme un poco más útil respecto de mis aportes a la discusión sobre las sustancias psicoactivas desde una perspectiva cultural no terapéutica. Así que asuman ésta entrega como una segunda al respecto.

A modo de resumen, planteé que a pesar de la vasta caracterización que se ha hecho sobre el ser humano, una en especial atrajo mi atención pues lo define a cabalidad: el Filósofo y Sociólogo Arnold Gehlen habló del ser humano como un ser práxico, es decir, como un ser que actúa, y a ésta como una de las distinciones más contundentes frente al resto de los seres vivos animales, a quienes en cambio, al decir de Aristóteles en su Ética a Nicómaco, les es imposible actuar.

Los animales en cambio responden automáticamente a una programación biológica que se hace refleja en sus instintos y que los pone en movimiento para satisfacerlos; por eso Aristóteles dice que no actúan, porque actuar en este contexto implica más que saciar un instinto, conlleva lo previsible y lo imprevisto, depende de las circunstancias que se le presenten pero a su vez crea circunstancias nuevas; actuar es considerar variables de tiempo y de espacio, concebir posibilidades y elegir una de tantas que terminará marcando la dirección a seguir. El hombre –como especie, no como género- comienza a ser hombre en la medida en que actúa, y actuar no se le presenta como una opción. El ser humano puede tal vez elegir el cómo o el cuándo pero no puede elegir no actuar porque siempre lo hace.

Los humanos, como seres, biológicamente estamos programados de la misma manera como el resto, pero como humanos, somos indefinidos y como proyecto, inacabados. Esto significa que gracias a nuestro cerebro que es el centro del actuar, podemos acumular información de la experiencia, codificarla y transmitirla a través del lenguaje, en otras palabras, reflexionamos, por consiguiente estamos inmersos en un aprendizaje permanente en el cual la educación es inherente.

Contrario a los animales quienes viven sin proponérselo, nosotros nos planteamos estilos y planes de vida que conducen a resolver de forma permanente el enigma como humanos, como esbozo indefinido que somos: ser humano –retomo de Savater- consiste en buscar la fórmula de la vida humana una y otra vez, y el trasegar en este sentido es el actuar.

Los animales, aunque tienen cerebro no reflexionan, no piensan, no deciden. Su nivel de especialización les permite dominar una de tantas actividades como lo sería el agarrar, trepar, correr, morder, etc. Los seres humanos en cambio somos versátiles, pues tenemos una enorme capacidad de adaptación, cuestión que nos pone en un plano de indefinición: ¿para qué servimos? Si nos comparamos con una vaca, podemos cumplir muchas más funciones que las que cumple el animal; de hacerlo con un chimpancé, cuanto más se haya demostrado nuestro parentesco genético con él (estamos hablando de un 95%) más obvio resulta que haya una diferencia simbólica no encontrada en el ADN y que por tanto marque nuestra diferencia como especie.

Es nuestro cerebro el centro de la acción: conocemos, deliberamos, reflexionamos y decidimos gracias a él. Por ello se caracteriza el actuar del ser humano y en el intercambio social, las asignaciones simbólicas que le da.

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