Entre la anticipación y la vacilación

En junio del año anterior ya era de esperar que, al menos antes de finalizar el 2021, se iniciara un ciclo continuo y pronunciado de alzas de la tasa de interés de referencia del Banco de la República. Desde entonces, no tenía ningún sentido, en medio de la ostensible recuperación de la economía, seguir manteniendo una tasa de interés real negativa. 
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Dos meses más tarde, en agosto, ante la evidente persistencia de la inflación, y en especial de la tendencia ascendente de las expectativas sobre la misma, en esta misma columna manifestamos nuestra seguridad de que la Junta tendría que comenzar a actuar sí o sí en esa dirección en su reunión correspondiente a septiembre. Sin embargo, no ocurrió así.

La prolongada discusión sobre si se trataba o no de un fenómeno transitorio, o apenas de un fugaz choque de oferta, aplazó, lamentablemente, la decisión. Prevaleció el sentido de la vacilación sobre el de la anticipación, que constituye pieza clave de una acertada política monetaria, a la par de la contracilicidad y la comunicación pedagógica con el público.

Como bien nos ha enseñado Michel Woodford, profesor de la Universidad de Columbia, en política monetaria, más que el último dato de inflación, lo que cuentan son las expectativas, que constituyen, en últimas, el factor determinante de las posturas que en esa materia debe adoptar la autoridad encargada de velar por la preservación del poder adquisitivo del circulante.

De otra parte, el arte de la anticipación, esencialmente habida cuenta del mecanismo de transmisión de sus decisiones que, como bien se sabe, puede tomar entre 12 y 24 meses hasta arrojar plenamente sus efectos sobre la demanda agregada, que es su objetivo focal. No actuar a tiempo, podría conducir, forzosamente, a reacciones posteriores excesivas, dolorosas para el aparato productivo.

No hay que confundir los fines con los medios, como lo advertía Eddy George, un célebre gobernador del Banco de Inglaterra de principios del siglo. El fin de la política macroeconómica, debe ser la maximización del bienestar genuino de la totalidad de la población, que no del crecimiento ‘per se’. Y el medio irreductible, a fin de traducir crecimiento en bienestar, no es otro que su sostenibilidad, cuya condición ‘sine qua non’ tiene que ser una inflación baja y estable, y, en lo posible, predecible.

Luego contraponer el control de la inflación al crecimiento de la economía, no es más que un falso dilema, que a su vez raya en el populismo. El mismo que predica la preferencia de emitir dinero en vez de encarar la sanidad de las finanzas públicas con políticas fiscales responsables.

Nuestra autoridad monetaria tiene la palabra. Su idoneidad, independencia y probado compromiso con su misión constitucional, sin duda seguirán inspirando su quehacer.






 

Carlos Gustavo Cano.

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