Entre la tontería, el odio y el error

En este mundo lleno de complejidades, no nos cansamos de observar absurdas situaciones, que en manos de personajes erráticos conducen a buena parte de la humanidad entre el error y la locura, y parecen no saciarse de sus yerros, y sí regodearse de llevarlos a extremos envueltos en el daño y en la desolación.

El caso que más nos aterra por estos días es el de Cuba: 55 años sosteniendo una doctrina férrea, por parte de los Castro, haciendo padecer a un pueblo por varias generaciones, para descubrir de repente que con su contradictor, los EE.UU, era posible reunirse; que las doctrinas se podían modificar, que los principios no eran absolutos y que todo era susceptible de ser revisado y transformado. ¡Qué horror! ¿Y las víctimas? Y ¿El daño causado?.

Pero es más; los mismos Castro proscribieron la Iglesia después de perseguirla y señalarla como la causa de todos los males; y ahora, también de repente, aparece Castro en el Vaticano, sumiso, para suplicarle al Papa que vaya a Cuba y expresarle, arrepentido y devoto, que vuelve al catolicismo.

Ya habíamos tenido una situación semejante, cuando Rusia decide renunciar al comunismo, después de casi medio siglo de persistir en el error de sus doctrinas.

Y en el mundo podemos encontrar infinidad de ejemplos, en donde se generan conceptos que parecen custodiados en arcas blindadas, mientras miles, y tal vez millones de personas sufren y mientras los inspiradores alimentan su vanidad desmedida y perversa. Seguramente aquí nos acordamos también de Venezuela, y cada quien puede agregar un nuevo o viejo caso.

Eduardo Escobar nos recuerda en una estupenda frase que “algunos parecen disfrutar, haciéndose odiar para sentirse víctimas” y ahí nos encontramos con un problema de trastorno de la personalidad, que si no se corrige a tiempo, adquiere nuevas dimensiones, hasta convertirse en una patología crónica en donde la locura domina e impone.

Mientras la paranoia y la esquizofrenia conduzcan parte del mundo, y mientras la siquiatría no asista esos casos, los conflictos seguirán ahí, las guerras persistirán, los gobernantes malévolos se aferrarán y la humanidad continuará pagando el duro y cruel precio del error.

Bolívar, en el ocaso de su existencia, reconoció su equívoco “El no habernos compuesto con Santander, nos ha perdido a todos”.

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