DISPAROS AL AIRE: Pizarro

Ayer se cumplió, en total olvido para los medios de comunicación nacional, un aniversario más de la muerte de Carlos Pizarro. En este caso, como en el de muchos lideres populares y democráticos de Colombia, no se puede decir con Balzac, que la gloria es el sol de los muertos.

Sin embargo, el periplo existencial y político de Pizarro, aún no apreciado en toda su dimensión en relación con la búsqueda futura de la paz en nuestra patria, aparece como referencia de cuando en cuando, cada vez que se plantea la posibilidad de abordar  un proceso de paz que termine exitoso en Colombia. Sobre todo, en valorar y consolidar el paso de la insurgencia armada a la vida política  colombiana.

Con Pizarro, se cumplió a cabalidad el primer paso, por parte de la insurrección armada: dejar las armas e incursionar en la vida política legal del país. Pero, casi de inmediato,  se desplomó todo el andamiaje inicial, entre otras razones, porque la extrema derecha militarista estaba incrustada con poder y mando en las altas esferas del Estado, y sintió pavor ante la posibilidad real de una victoria electoral de Pizarro, que rompiendo la eterna marginalidad de la izquierda colombiana, empezó a llenar plazas públicas, demostrando que la contienda electoral era en verdad en serio, y  las posibilidades de ganar en los comicios presidenciales constituía una alternativa real. Eso se palpaba en las calles, entre otros factores,  con la aceptación de su lema de campaña: .“Entre todos cambiaremos la historia de Colombia, palabra que sí”.

En Barranquilla  ese trágico 26 de abril de 1990, en las horas de la tarde arrancaban los eventos multitudinarios que seguirían días después en Cali, Medellín y otras capitales, para terminar semanas más tarde en un seguro lleno total de la Plaza de Bolívar en Bogotá. Y, obvio, con peso decisivo en la suma de votos y en la conquista de franjas mayoritarias de opinión pública. Pero la esperanza fue asesinada en primavera, precisamente ese día, hace ya 22 años.

El  paso de la insurgencia armada a la esfera electoral a finales del Siglo XX arrancó amarrada a una tragedia con evidentes ribetes de magnicidio. Dicha  experiencia, con la sombra alentadora del proceso de paz pero sin Pizarro, continuó a los trancazos  y quedó plasmada, en buena parte, en la Constitución de 1991. Ese fue el principal logro. Otra claro está, con sus propias características trágicas, pero con los mismos poderosos y funestos enemigos, fue la experiencia de la Unión Patriótica, que constituye un doloroso capítulo especial en la historia colombiana. 

De todas maneras, Carlos Pizarro marco una época y un camino hacía la paz en Colombia. Ojala su aporté ilumine las futuras experiencias  en la construcción de  procesos de pacificación,  corrigiendo errores y afianzado fortalezas, a la altura de los nuevos retos de paz para Colombia. Lo necesitamos: palabra que sí.  

Credito
CAMILO A. GONZÁLEZ PACHECO

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