Adiós a los inmortales

En todos los idiomas se repite que lo único seguro en la vida es la muerte… y pagar impuestos. Un lugar común que nos consuela del acoso la Dian, y con el que nos burlamos de algo inconcebible, lejano de nuestros verdaderos desvelos: las deudas, los clientes, el Deportes Tolima, el auto de nuestros sueños, la chica que nos gusta. La muerte no está en la agenda de nadie. En tiempos de seguridad social reforzada, medicina prepagada, pensiones millonarias y Viagra dispensado por la EPS, nos sentimos parientes de Superman.
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No obstante, todos hemos advertido su gélida presencia en momentos de terror: a los doce años un Buick Electra 65 frenó en seco sobre mi cabeza; su llanta delantera alcanzó a manchar mi camisa, que pellizcó contra la calzada. A los veinte desvié el cañón de un mosquete de utilería con el que un amigo me apuntaba, en broma, a la cara. La explosión destruyó una mesa, un florero y dejó incrustados decenas de balines en la pared del Club Social de Garzón, Huila, del que fuimos expulsados, sobrios del susto. Una vez me avistó tras el cristal de un quirófano, pero siguió de largo a los pabellones de cuidados intensivos. Tres veces en doce lustros, suficiente para ganarse mis respetos.

En agosto pasado se llevó al ginecólogo de mi señora y a uno de mis tíos; en septiembre ha segado la vida de tres amigos del corazón y otros cuatro luchan denodadamente por sobrevivir. Aterrados la vemos recorrer las calles, los pasillos, las esquinas; encubierta en lustrosas superficies, posada en objetos y alimentos; suspendida en la palabra lanzada, flotando en cada suspiro, gemido y respiración.

Un gran misterio la encubre. Pero como su enigma es menor al de la maravilla de la vida, nos parece lógico pensar que esta última ejerce su soberanía sobre aquella. Que tendremos una segunda oportunidad si le somos fieles a su generoso Dador.

Anoche abrí las escrituras y me topé con el pasaje de Lucas 13: 1- 5. Los discípulos comentan con Jesús la suerte de esos desgraciados sobre los que cayó la Torre de Siloé. El Señor se queda mirándolos y precisa que no eran más pecadores que ellos. En otras palabras, que no se la buscaron; que no la tenían bien ganada, y agrega: “si no os arrepentís igualmente pereceréis”.

Nadie está limpio ni puede exhibir un paz y salvo. Antes del Covid 19 vivíamos en la aparente seguridad de una sociedad moderna y desarrollada. De repente descubrimos que el capitalismo y sus logros no pudieron prolongar nuestra sensación de estar blindados contra los riesgos más comunes. La ciencia se ha mostrado impotente, también el poderoso caballero Don Dinero. Solo nos queda aislarnos y en caso de sentir el más mínimo síntoma de resfriado, acudir al médico y ponernos a rezarle al soberano de la vida.

Para Salomón, rey de Israel, el principio de la Sabiduría es el temor de Dios. Nos estamos volviendo virtuosos a la fuerza. La cobardía ante los pecados, los vicios, las tentaciones, esos celestinos de la muerte, está de moda.

Quizá nuestra más pura esperanza consista en despertar un respeto profundo y reverente sobre el conjunto de elementos que hacen posible el breve viaje: tierra, agua, aire, hombres, plantas, animales. Escuchar el grito mudo de la vejada Tierra y el desdeñado Cielo: no se admiten inmortales. 

GUILLERMO HINESTROSA

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