Reflexiones sobre el 9 de septiembre

Lo que sucedió en Bogotá hace algunos días, es el reflejo de que nuestro país está descompuesto. Cada vez estamos peor. La intolerancia, es la interminable enfermedad que nos consume, que empeora con los días y que no parece tener cura.
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El panorama es absolutamente desalentador. Por la muerte de Javier Ordóñez a causa de un exceso policial, se desencadenaron una serie de reacciones que realmente son preocupantes: por un lado, están los que válidamente protestaron por lo que pasó e hicieron valer ese derecho, sin embargo, esa clase de manifestaciones generalmente se ve opacada por un gran número de personas que simpatizan con el caos, el desorden, los desmanes, la violencia y la anarquía; sienten tal grado de aversión por la autoridad que la confunden con represión. Quemaron CAIs,  atacaron buses y estaciones de transmilenio, saquearon supermercados y demás. Los daños ocasionados están cercanos a los 20 mil millones de pesos.

Por el otro, están quienes justifican el accionar de los agentes de policía, disculpando  la muerte de Javier Ordóñez por sus antecedentes personales, aduciendo que: “merecía la muerte porque era una joyita”. Estamos tan acostumbrados a la muerte, que cualquier razón para morir se nos hace normal.

También, están los que de inmediato se volcaron a condenar a toda la policía nacional, como si la institución fuera la responsable por la equivocación de unos pocos. Es evidente que a Javier Ordóñez lo mataron, fue un homicidio, por el que tendrán que pagar los que estuvieron involucrados, no obstante, la institucionalidad está por encima de las personas y son muchos más los policías que portan su uniforme con orgullo, le sirven a la sociedad y le hacen honor a  su lema: Dios y patria.

Por último, están nuestros “líderes políticos” y de opinión, quienes utilizan cualquier situación como pretexto para sacarle provecho politiquero; esa actitud de estar al acecho para caer como aves de rapiña, maximizando los errores e  incitando al odio, es la prueba que nos encontramos ante un grave episodio de nuestra historia en donde la polarización política e ideológica está llegando a unos niveles peligrosos.

De continuar así, no estaríamos muy lejos de revivir la época de la violencia partidista, cuando liberales y conservadores se mataban por defender sus postulados; ahora, la pelea  se libra entre los que tienen ideas de izquierda y los que las tienen de derecha, que prácticamente se redujo a petristas y uribistas.

Es urgente que exista en el país un proceso de reconciliación, que se reestructuren los valores sociales que nos rigen, que le apostemos a la educación como instrumento de cambio para que las nuevas generaciones tengan como principios la solidaridad, la empatía, justicia, tolerancia, equidad y honestidad. Ese debe ser el camino.

JOSÉ ADRIÁN MONROY

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