¿Cómo tratar los conflictos de las barras bravas?

Con la apertura de los estadios de fútbol en Colombia volvió al primer plano la problemática de la violencia física, a través de enfrentamientos entre las llamadas “barras bravas” de los equipos. Los ejemplos como el de El Campín de Bogotá, con los hinchas de Nacional y la agresión a los aficionados de Santa Fe, se han replicado en Medellín por parte de los simpatizantes del América, y en Manizales, un choque sui generis entre seguidores del mismo equipo (Millonarios). Como siempre, las medidas de las autoridades fueron de carácter coercitivo y de restricciones.
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Un estudio realizado por el Sociólogo de La Universidad Nacional, Germán Eliécer Gómez Eslava (2011), trata de caracterizar a los integrantes de las “barras bravas” dentro de su heterogeneidad como: “adolescentes y jóvenes en quienes se yuxtaponen diversos factores, tales como el odio que los integrantes de otra barra despiertan en los de la antagonista, consumos de sustancias alcohólicas y psicoactivas, la procedencia social de los integrantes de la misma, así como la frustración que inmensas capas de jóvenes sufren a diario en sociedades como la colombiana”.

Las formas de expresión de las barras son variadas: consignas, canciones, pancartas, grafitis, murales y tambores, en una fusión de arte y deporte. Más allá de la violencia física está la fiesta y la alegría, pero eso no lo entienden quienes se lucran del negocio del fútbol. Los medios de comunicación, por ejemplo, indirectamente atizan la hoguera irracional del fanatismo y muchos jóvenes se dejan masificar por los colores, las consignas, y los rencores contra un supuesto enemigo y dan rienda suelta para desahogar, de alguna manera, ese sentimiento colectivo de marginalidad y minusvalía frente a una sociedad que los rechaza.

Las autoridades administrativas y policiales siempre tienen las mismas estrategias: judicializar a los rebeldes, impedir que vuelvan a los estadios, ofrecer recompensas a quienes los delaten y tratar de mantener la percepción de que todo está bajo control. El gobierno en muy pocas ocasiones encamina sus esfuerzos a la inserción de estos jóvenes en el aparato productivo, y a lograr su participación y sus potencialidades en la construcción de una sociedad que erradique la estigmatización. 

La solución a los conflictos de las barras, como tantos otros en nuestro país, no es nada fácil si no hay interés de integrar el componente social, porque es allí donde se puede potenciar la convivencia y construir la paz dentro de la diferencia. Si se respeta la pluralidad y se estimula la participación y el apoyo integral a los jóvenes, la utopía que se espera tiene que ver con un carnaval en el que las banderas contrarias se entrelacen con el viento y sus voces entonen cánticos de respecto y esperanza.

LIBARDO VARGAS CELEMÍN

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