Un discurso para la reflexión y el compromiso

Para la lectura del discurso del presidente Petro el día de su posesión, es necesario despojarse de todas las caretas, prejuicios y animadversiones y analizarlo objetivamente.
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No encontré en todo su contenido un solo llamado al revanchismo, a la venganza, al odio visceral, ni tampoco el uso de eufemismos, ni las expresiones escatologías contra los enemigos.

En cambio, si hallé una prosa didáctica, metafórica y sencilla para hablar de los retos que nos esperan, de las soluciones que se proponen y de un gran espíritu de reconciliación e inclusión para salir adelante. 

A manera de ejemplo se citan cuatro  párrafos esclarecedores donde se evidencia propósitos claves para el cambio: “La paz es posible si desatamos en todas las regiones de Colombia el diálogo social, para encontrarnos en medio de las diferencias, para expresarnos y ser escuchados, para buscar a través de la razón, los caminos comunes de la convivencia”.

Su lenguaje pasa por el cedazo de las explicaciones sencillas y del llamado a intentar hacer posible las utopías y los sueños de millones de personas. Las confrontaciones que nos han sumido en una guerra interna, cuyo origen hace parte de visiones e intereses egoístas y bien pudieran ser superadas en la búsqueda de una sociedad más solidaria: “Si somos capaces de llevar una parte de la riqueza que se crea, a los niños y niñas desnutridas a través de algo tan simple como pagar los impuestos de ley, seremos más justos y estaremos más en paz”.

Si no hay una profunda reflexión de parte de todos los colombianos y un compromiso de aportar a la transformación del país, Colombia será siempre inviable. Llegó el momento, independiente de la secta en que se esté inscrito o de la actitud que se tenga frente a la administración oficial, de abordar el tren del optimismo y contribuir con las tareas necesarias, pues: “El cambio es una realidad y es urgente. No lo dicen las izquierdas ni las derechas, lo dice la ciencia (…) solo habrá un futuro si equilibramos nuestras vidas y la economía de todo el mundo con la naturaleza”.

La corrupción, es un problema álgido que no se puede hablar solamente desde la institucionalidad, si no buscamos en la formación de los individuos y en la participación comunitaria, crear la consciencia de la denuncia, para que los depredadores del erario paguen sin contemplaciones sus fechorías. Por eso se requiere actuar con energía: “Ni familia, ni amigos, ni compañeros, ni colaboradores quedan excluido del peso de la ley”.

Este discurso es una valiosa pieza para reflexionar y actuar. No podemos quedarnos esperando milagros o entorpeciendo la construcción colectiva del futuro que deseamos. Solo así seremos capaces de darnos la segunda oportunidad.

 

LIBARDO VARGAS CELEMÍN
Correo
lcelemin2@gmail.colm

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