Progresismo amañado

Le preguntaron hace unos días en un medio nacional a la Fiscal Venezolana Luisa Ortega, refugiada en Colombia, porqué había sido chavista por tantos años, y su respuesta fue que ella había apoyado el régimen porque era “progresista”, pero que cuando empezó a ver que en el 2015 estaban desmantelando las instituciones venezolanas se volvió contra el régimen.

Valiente la señora Luisa Ortega por su decisión, pero claramente equivocada en su diagnóstico. La vulneración a la institucionalidad venezolana no es reciente, la empezó muy temprano Hugo Chávez cuando violentó la madre de todas las instituciones en una democracia liberal (en el sentido filosófico y británico de la palabra) que es la propiedad privada.

La exfiscal pensó erróneamente que mientras Chávez decretaba el “exprópiese”, las instituciones que sustentan el estado de derecho como son el congreso, las cortes y la fiscalía podrían seguir incólumes; gran error.

Existe hoy una terrible confusión ideológica sobre el significado de progresismo y creo que es un término atractivo que ha sido cooptado por los viejos socialistas para llevar a cabo sus planes totalitarios.

El progresismo surgió en Estados Unidos a principios del siglo pasado como un movimiento que mejorara las condiciones de los trabajadores y protegiera a los consumidores en una nueva economía industrial de escalas jamás antes vistas. Su más connotado exponente fue el presidente Theodoro Roosvelt, quien no dudo en enfrentarse a J.P. Morgan, a la postre el hombre más poderoso de su país, obligándolo a ceder el control de su monopolio sobre los ferrocarriles.

Roosvelt no enfrentaba a Morgan por alguna ideología de lucha de clases, lo hacía para proteger al ciudadano de a pie del abuso de los monopolios. Tampoco se le ocurrió expropiarlo, de hecho, la relación en entre ambos fue cordial luego de la disolución del monopolio, y Morgan reestructuro voluntariamente sus otras empresas para evitar problemas con la ley.

Roosvelt sabía que el progreso solo puede venir de un sector privado vigoroso y que la competencia es un valor esencial para lograrlo. Los resultados están a la vista en Estados Unidos, pero a pesar de ello, los “neo progresistas” criollos nos quieren hacer creer que el progreso viene del debilitamiento de la empresa privada. ¡Insensatos!

Ahora los socialistas de siempre como Gustavo Petro se escudan en el progresismo para hacer más digerible sus verdaderas ideas y engañar incautos. El progresismo versión Petro es aún más agresivo y distorsionado que el que promulgaba Chávez siendo candidato. Chávez nunca se atrevió como candidato a decir abiertamente que expropiaría predios rurales vía el impuesto predial o que nacionalizaría el ahorro pensional, cosas que por su puesto terminó haciendo como presidente.

Lo anterior nos indica que Petro muestra aún más hostilidad que Chávez contra la empresa privada y nos permitiría inferir que en ausencia de una bonanza petrolera como la de Venezuela, en un eventual gobierno de Petro, Colombia caería en la hambruna, la violencia y el autoritarismo en un periodo mucho más corto que Venezuela.

Paradójicamente son los electores de Petro quienes más sufrirían el rigor de sus políticas; son las clases populares las que caerían en la miseria por la falta de oportunidades laborales y los estudiantes “progresistas” los que no encontrarían una economía donde emplear sus talentos y conocimientos; todos quedarían envilecidos por la dependencia a un estado despótico para sobrevivir.

Mientas que los más pudientes abandonarían el país y se irían con sus negocios a otra parte. Yo por eso votare en la consulta del 11 de marzo por Iván Duque, quien es el candidato más idóneo para derrotar esa amenaza Petrista. ¡Estamos advertidos!!

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