Clásica con sabor a negra

Los asesinatos en las novelas negras siempre tienen ocurrencia en lugares sórdidos, son atendidos por policías investigadores de baja condición y hay truculencias alrededor de la búsqueda de la verdad, que generalmente sorprende al lector porque suele ser distinta a como se la imaginó cuando se planteó el reto de continuar o no con la lectura de la novela.

Desde la aparición del comisario Salvo Montalbano, creado por el escritor italiano Andrea Camilleri en novelas como “El olor de la noche” (2001), o el crecimiento en varios libros del inspector Chen Cao a manos del escritor chino QiuXiaolong en novelas como “Seda Roja” (2007), no asistíamos a una renovación del género tan sorprendente como la del escritor irlandés John Banvilley su creación de la pareja del inspector Hackett y Quirke, médico forense. Las novelas negras las publica bajo el seudónimo de Benjamín Black.

La manera como Benjamin Black nos conduce al esclarecimiento del crimen planteado en su novela “Órdenes sagradas”, que acabo de leer, es bien distinta a lo que nos tiene acostumbrados la novela negra tradicional.

En primer lugar el personaje principal no es el inspector Hacket sino el médico forense Quirke. Y aunque ambos coadyuvan a la investigación, el peso de la narración y de la historia recae sobre los hombros del forense, que a veces pareciera soñar la investigación.

Esta novela es negra porque tiene todos los ingredientes para serlo: el asesinato de un periodista, Jimmy Minor; el detective que pareciera no serlo y que sin ser rudo es más bien patético; el médico forense a quien le gusta ser detective más que lector de cadáveres; el nudo de intrigas en el que se involucran el clero, la vida privada de familiares de los protagonistas; un barrio miserable habitado por “tinker” (parecidos a los gitanos) manipulados por un cura, y una ciudad que desfila por el frente del lector con su carga de cotidianidad y tiempo muerto. Dublín, la misma de James Joyce.

Con todos estos elementos Black plantea su búsqueda de la verdad y, además, hace un retrato de la sociedad contemporánea, de la influencia de la Iglesia en las comunidades y su manejo de la justicia, su manipulación del poder y de los medios de comunicación.

A diferencia, también, de tantas novelas negras, preocupadas más por la historia que por la manera de contarla, esta novela de Black contiene una prosa eficaz, a veces poética, con un lenguaje rico que sorprende por la profundidad que alcanza para demostrar la manera como el tiempo y los acontecimientos transforman a los seres humanos.

Con esta novela Benjamín Black se ha hecho acreedor del premio “Príncipe de Asturias”. Es en realidad una novela digna de leerse.

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