Las tumbas de la impunidad

En Dabeiba, la muerte es un hecho tan cotidiano que hasta las lápidas de un cementerio se han usado como plataforma publicitaria.
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En el año 2015, Tiberio Girón, alcalde del pueblo, reconstruyó en la vereda Carrascal, las tumbas donde habían sido enterrados 19 campesinos masacrados por la “Chulavita”, sesenta y dos años atrás. Quería rendirle un homenaje a los mártires de la violencia de la mitad del siglo pasado, algo normal, solo que el burgomaestre aprovechó para dejar su propio nombre en cada una de las losas.

Hoy, este pueblo del Urabá antioqueño está de nuevo en las páginas y las pantallas, porque la vilipendiada por unos y defendida por otros, Justicia Especial para la Paz, comenzó a presentar los primeros resultados, gracias a la confesión de unos militares sobre el Caso 003, donde se investiga las muertes de civiles dados de baja supuestamente en combate, cuando se trató de una macabra campaña del Ejército para mostrar resultados que les pedían sus superiores.

Resulta escalofriante que haya seres capaces de cambiar la vida de un muchacho, porque la mayoría de víctimas no pasaban de treinta años, por unas vacaciones remuneradas, como si esos jóvenes no fueran seres humanos, con una familia, una historia y unos sueños. La mayoría de los inmolados por esta oprobiosa práctica fueron reclutados en Medellín, Soacha y muchos otros lugares del país.

Esta vez a Dabeiba llegó una peregrinación dramática, porque muchas personas buscaban a sus familiares y tenían dos posibilidades: La primera que estuvieran en el fondo de esas tumbas del cementerio La Merced, para enterrar sus huesos y hacerles el duelo completo. La segunda es que si no reposan allí, deben seguir su errancia por el país, con la secreta esperanza de encontrarlos vivos. Esta experiencia arruina física y mentalmente a quienes viven dicha situación, porque diariamente se enfrentan con la noticia de que los autores intelectuales de esta afrenta siguen pelechando en sus cargos y muchos de ellos escalando jerarquías en las estructuras militares, con el cinismo que caracteriza a los psicópatas.

Los jóvenes, a quienes hicieron desfilar furtivamente por las calles de Dabeiba, en frías madrugadas, tal vez nunca sospecharon que iban al sacrificio, como las reses. Es posible que unos pocos al ver el cementerio adivinaran muy tarde su destino, pero los tiros certeros sobre sus cabezas le impidieron comprender la dimensión de los hechos. Ahora, más de diez años después comienza a florecer la verdad y los responsables, a tramar el desprestigio de lo actuado.

Las tumbas de Dabeiba y de otros sitios de esta vergüenza nacional, pueden contribuir con estas exhumaciones a esclarecer la verdad completa, para hacer ese duelo que necesitamos y reconstruir el país que esperamos tener algún día.

LIBARDO VARGAS CELEMIN

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