Soliloquio de un “adulto mayor” en cuarentena

Desde un segundo piso, acodado sobre un muro, delgado, con una barba de más de cinco días y una piyama descolorida, contemplo las calles desoladas de mi barrio, en las que extrañamente nadie pasa y solo se escucha el trino lejano de algún pájaro extraviado.

La insolidaridad humana

Cuando leí en la Primera Jornada del “Decamerón” de Giovanni Boccaccio, creí que exageraba: “De más está decir que cada ciudadano rechazaba al otro, y que casi ningún vecino se preocupaba de los demás, y que la propia familia no se visitaba, por lo menos asiduamente.

El Covid-19 atenta contra nuestra salud emocional

En el año 2008 recorría con Jorge Ladino Gaitán, el “Paseo Ahumada” en Santiago de Chile, cuando de repente un hombre delgado, de baja estatura, seguido de una joven con un letrero, abrió sus brazos y avanzó hacia mí y antes de que yo reaccionara ya me había estrechado contra su cuerpo y me decía “tranquilo, no se preocupe, que un abrazo no se le niega a nadie”.

Réquiem por el cardenal de la poesía latinoamericana

Paradójicamente Ernesto Cardenal no escaló en la jerarquía eclesiástica altas posiciones y, por el contrario, fue suspendido de su labor de sacerdote por el papa Juan Pablo II (1984), por el “delito” de participar en política, al aceptar el Ministerio de Cultura en el gobierno sandinista.

Las tumbas de la impunidad

En Dabeiba, la muerte es un hecho tan cotidiano que hasta las lápidas de un cementerio se han usado como plataforma publicitaria.

¿Gazapos, lapsus o estrategias políticas de alto nivel ?

El gobierno se ha caracterizado por las polémicas recurrentes en que aparecen comprometidos altos funcionarios, quienes lanzan afirmaciones generando controversias que tienen el mismo libreto: los funcionarios implicados se disculpan (muy pocos) o dan explicaciones y reclaman que fueron citados fuera de contexto, pero su defensa termina por reafirmar lo que piensan.

“Lloran, lloran los guaduales”

Recuerdo los ensayos que el profesor de música nos hacía en el patio del colegio, en mitad de la canícula del mediodía y amenazaba tenernos allí “hasta que rayara la luna, si no interpretábamos bien los himnos protocolarios y las melodías de Silva y Villalba”. A pesar de esta práctica, no hubo fobias por esas dos voces acopladas y, por el contrario, las repetíamos con entusiasmo y las guardamos en el mismo rincón de la memoria, muy cerca donde estaban los ritmos de “La Nueva Ola”.