¡Diez millones de motos!

Como si fueran fantasmas, dos noticias causan escalofríos: una, crece la venta de motocicletas (más de 600 mil al año) con la misma celeridad con que andan en andenes y calles; pronto triplicarán el número de autos particulares y en pocos años serán 10 millones circulando. Y dos: hay sectores que piden se aumente el límite de velocidad en las carreteras colombianas. ¿A cien kph, a ciento veinte, a… lo siento mucho, todos muertos?

Lo deplorable es el número de motociclistas que pierde la vida. Estadísticas muestran que de los 5.632 muertos en accidentes de tránsito en 2014, 2.550 (45.3%) fueron motociclistas y sus acompañantes. Además del impacto social por viudas y huérfanos, el costo creciente para el sector salud es enorme: de los recursos que desembolsa el Soat para pagar accidentes o lesiones de personas -que supera el medio billón de pesos-, el 80 por ciento corresponde a accidentes donde está involucrada una moto. Con los actuales niveles de imprudencia motorizada, los traumatólogos van a tener que convertirse en taumaturgos para dar abasto a pegar tanto hueso roto.

No debe satanizarse la moto, es una forma de mejorar el ingreso de muchas familias y una opción rápida para desplazarse que crece como sustituto al incómodo y belicoso transporte público urbano. Pero cuando se ven motociclistas ‘daltónicos’ que ignoran semáforos en rojo; que remontan los separadores dañando las plantas para pasar a otra vía; que adelantan por la derecha; que van en contravía; que andan “empecuecados” -término con el que algunos de ellos se refieren a correr a 80 en peatonales y vías haciendo ‘piques’ y piruetas-; o teatreros que fingen traumas y dolores para sacar plata a los conductores en accidentes provocados por ellos mismos, entonces, se comprende el porqué de las crecientes fricciones entre peatones, automovilistas y motociclistas.

Aunque se desearía que fueran más, hay algunos motociclistas prudentes, pero los que desconocen o infringen las normas de tránsito son tantos, que hacen angustiosa la movilidad. Con esta tendencia en el aumento de motos no debe esperarse hasta que empiece la batalla urbana, y sería saludable establecer desde ahora campañas de sensibilización y educación y aplicar correctivos estrictos de movilidad que protejan la vida de peatones, motociclistas y propicien la tranquilidad de los conductores de vehículos.

¿Quién no ha soñado con una moto? Todos envidian a esos ‘jovenzuelos’ de 60 y más otoños, chaleco abierto y pelo en pecho -canoso, eso sí- que andan en rugientes y costosas Harley-Davidson llevando atrás una modelito de 22 abriles y figura esbelta de 1,80, que se da el gusto de enfundarse en un ceñido traje de cuero negro sin parecer una morcilla de Cáqueza.

Ojalá los motociclistas que desayunan adrenalina, que se ponen el casco pero que olvidan el cerebro en la casa, no se agrupen en sindicato o partido político. Estaríamos llevados.

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