Añoranza ferroviaria

No es desafecto por lo nuestro, porque los paisajes y la gente buena que tiene el Tolima lo hacen un territorio grato. Pero es lamentable que la ciencia médica no haga transfusiones multicívicas de visión regional, de ‘celo por las instituciones y los intereses de la patria’, de sentido de pertenencia, de proactividad para hacer que las cosas sucedan y se hagan correctamente, inyección que les vendría bien a casi todos los líderes políticos. Los paisas podrían ser potenciales donantes de estas esenciales virtudes.

Se deja de visitar algún tiempo a Medellín o las capitales del Eje Cafetero, y al volver se encuentran proyectos y obras nuevas: metrocable, tranvía, infraestructura bien construida y, calles pavimentadas que hacen cómoda y amable la vida del ciudadano y generan empleo y progreso. Los dirigentes paisas exigen, guerrean y obtienen recursos nacionales para invertir en sus regiones.

Ahora, se conoce una noticia que suscita sana envidia: superada la topografía montañosa, se anuncia para mayo la llegada del Ferrocarril del Pacífico al Quindío. Desde Buenaventura a La Tebaida -tierra del ‘Patas’, o algo así-. Ventajas: 40.000 toneladas mensuales de carga movilizadas utilizando sólo una quinta parte del combustible que se consume por carretera. A mediano plazo serán 80 mil toneladas. Futuro: Expansión de las ferrovías, turismo, protección del medio ambiente, mejores precios al consumidor final.

¿Se imaginan lo que hubieran hecho los dirigentes ‘paisas’ si tuvieran el gran valle del Magdalena que cruza de norte a sur el Tolima? Los niños que no conocen un tren real tendrán que contentarse con ver en la calle 19 como se diluye bajo el sol y la lluvia la otrora vigorosa locomotora de vapor que nos dio alegrías y progreso.

Únicamente los adultos en Edad Dorada, que se identifican porque ‘todo se les hace caro y cualquier dama de 50 años es para ellos una muchachita’; que recuerdan que compraron huevos a dos por centavo; que se alumbraron con velas de sebo y se bañaron con ‘jabón de la tierra’ y cuya lucidez les permite tener al día su seguro exequial, recuerdan con nostalgia la alegría de viajar en tren o autoferro de Ibagué a Bogotá.

Llorar cuando una partícula de carbón les caía en un ojo, gozar del paisaje y la ruta gastronómica que se iniciaba con la avena y el pandeyuca en Buenos Aires, la gallina espinaluna en hoja de plátano, el viudo de pescado en Girardot…

Mientras nuestros líderes con su inacción, su estéril verborrea, su inexistente guía e indiferencia por el futuro de la gente nos obligan a vivir de la nostalgia, en otros países circulan a diario trenes a 360 kilómetros por hora, y muy pronto a 500 kph. Dizque se mueven flotando, levitando sobre un campo magnético.

Lo que por aquí levita es el fétido olor de la corrupción.

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