Alirio Gordillo Sierra ‘Pingüino’, el heladero del Líbano

Crédito: Suministrada / EL NUEVO DÍA
(…) -usted que hace por ahí, solito y aburrido… -No, por aquí mirando a ver si consigo trabajo” (Alirio, 11 años)
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Fragmento de una conversación de Alirio el “Heladero”, cuando era un niño y se encontraba abandonado, en el parque del Líbano. Esta es la crónica de la presencia que hoy me inspira:  Se trata de Alirio Gordillo Sierra, nombre incógnito para todos, pero que toma inmediata recordación cuando recurrimos a su eterno apodo: “Pingüino”. El errante heladero que hemos visto por décadas recorrer las calles del pueblo, con su cajón de madera atravesado al torso y el emblema del pingüino pintado en una de sus caras. Desde sus escasos 11 años está ejerciendo este único oficio con el que lo hemos identificado y han sido muchas las generaciones de libanenses, que guardan en su memoria la imagen de él y su humilde cajón lleno de maravillosas delicias: helados de coco, de mora, de salpicón, de arequipe. Pero detrás de su uniforme pulcro y su cajita de helados, hay una historia; la de una infancia triste en el Tesoro y la de una tesonera vida forjada a pulso con las monedas, fruto del porcentaje de sus ventas y el férreo carácter del más contumaz guerrero.

La noche de la entrevista en su casa del barrio Los Pinos, estaba muy elegante y su esposa Rosita nos recibió con un delicioso café humeante. Su familia en pleno quería ser testigo de este importante momento para la vida del heladero. Todos se acomodaron alrededor mío y uno de sus nietos, muy orgulloso –Ángel, de 10 años- le echó el brazo por el cuello a su abuelo y nunca se desprendió de su lado.

Alirio nació en el Líbano, tiene 57 años. Su infancia la vivió en una finca en el Tesoro, entre ocho hermanos, el padre y la madre, todos campesinos de la región.

Por ser “grandecito” le asignaron el cargo “honorífico” de ser el “ayudante” del padre que era arriero. Un padre maltratador que cuando tenía problemas en la faena con sus mulas, ejercía su autoridad castigando a planazos al pequeño niño.

Alirio rememora esta etapa de su vida, con las lágrimas a punto de estallar en sus ojos: “…cada vez que una mula se le voltiaba o algo, o se caía, de una vez la cogía contra uno, me pegaba muy duro con la peinilla”. “… los choferes le decían a mi mamá”: “vea Doña, ese señor va a matar a ese muchacho”. Así de triste fue la niñez de Alirio.  Su madre lo puso a estudiar, pero duró cinco años en primero y no pudo pasarlo. De todas formas, aprendió a firmar y a hacer cuentas. Él, avergonzado, concluye que su fracaso escolar fue producto de los constantes ultrajes recibidos de la mano paterna.

Cuando pudo y con la complicidad de la madre, se voló del hogar huyendo de la vida miserable que llevaba. Tenía en el Líbano a sus abuelos maternos, los cuales lo acogieron; el padre abusador intentó recuperarlo varias veces, pero el niño muerto de susto se metía debajo de una cama cuando escuchaba su voz enfurecida.  Era tanta la pobreza y las continuas amenazas del padre al abuelo del niño, que Alirio decidió irse para la calle: “… No abuelito, yo no lo voy a perjudicar a usted, yo me voy…”  “y pa’ donde va a coger mijo?” “Yo veré abuelito” y con sus escasos once años, abandona a sus abuelos y sale a buscar trabajo.

Días de frío, hambre y soledad…

Se convirtió en habitante del parque, deambulaba con la esperanza de encontrar algún oficio que calmara sus carencias, hasta que por fin una tarde una señora, compungida ante la orfandad del pequeño –Ligia de Ovalle, esposa de Luis Ovalle (propietarios de la fábrica de helados “Pingüino”) – se le acercó y le preguntó: (…) –“usted qué hace por ahí, solito y aburrido” … - “¿No, por aquí mirando a ver si consigo trabajo” - “trabajo usted, tan pequeñito”? – “Y usted sabe hacer cuentas?    –    “Algo, pero yo aprendo, señora” - “A usted no le gustaría coger un cajoncito de esos (señalando a un vendedor de Pingüino que estaba por el lugar) y vender helados”? – “Si, pero ese está muy grande, y me queda pesado” –No, porque nosotros tenemos un cajoncito pequeñito, pa que usted venda…” y así empieza la vida del heladero. Fue adoptado por esta familia. Le asignaron una pequeña camita cerca de un enorme congelador. Alirio se sentía feliz, de tener comida, techo y trabajo.

Aprendió todo el proceso de la elaboración de los helados y fue el mejor vendedor de la fábrica entre catorce venteros.  Permaneció durante quince años con sus patrones.  El padre fue a buscarlo a la fábrica también, amenazando con denunciar a los dueños por tener un menor de edad trabajando y don Luis Ovalle le dijo: “…La vida suya es matar al niño… el que lo va a denunciar soy yo!, ¡vea como le tiene esas piernas de moradas!” después de esa advertencia, jamás intentó recuperar al niño.

 

Sueños cristalizado con esfuerzo

La fábrica de helados “Pingüino” fue emblemática en el Líbano, inició labores en el año 1974 y cerró en el año 2005. Estaba ubicada en la carrera 10 entre 6ª y 7ª.  Alirio fue el vendedor estrella del negocio. Le pagaban un porcentaje por sus ventas, se ganaba diez centavos por helado en el año 1975, (cada helado valía $100). A sus 26 años decidió independizarse y la única exigencia de sus patrones para su salida era que estaban vedados para el ejercicio de su labor, el estadio, la villa y el parque infantil; de ninguna manera podía ofrecer allí los helados, pues se trataba de los mejores sitios del pueblo para la venta: –“Espero que salga adelante, pero que no me le vaya a quitar la venta a los venteros”- le dijo Don Luis. Con la firme promesa de que respetaría este pacto, Alirio emprendió una nueva etapa en su vida. Empezó su propio negocio con el nombre de “Helados El Cóndor” (siguió por la línea de las aves…). La ayuda de Abelardo Orjuela, fue crucial. Alirio profesa un gran cariño por él, pues le fió por cuotas los aparatos para su empresa: una licuadora y un congelador, (sin codeudor).  En ese entonces debía pagar $80.000 de cuota:  Abelardo Orjuela le dice: - “¿Si será que puede, Alirio?”-  “Pues intentemos Don Abelardo…o si no, me recoge los aparatos”. Alirio se traza la meta de pagar esta enorme deuda y otra que había contraído con su expatrón por otros $80.000 por concepto de una operación del apéndice, que éste le había costeado. Tiene éxito en estos dos propósitos, trabajando de sol a sol y sin romper la promesa de tocar aquellos sitios sagrados para la fábrica.

Otra firme convicción de Alirio: - “Desde pequeñito yo aspiraba, el día que yo tenga mujer, lo primero que voy a hacer es conseguirle la casita”. Conoce a Rosita -madre comunitaria- que tenía dos niñas que pasaron a ser las hijas de Alirio, luego vinieron las dos descendientes de pareja. Vivieron un tiempo en el barrio Primero de Mayo en una invasión, una casita en obra negra (la compró con $150.000 que le prestan sus antiguos patrones y parte de un crédito en el banco) y cuando Hernando Parra fue alcalde, le ofreció una casa en obra negra en el sector del cementerio para abajo, en las Américas. La fortuna le sonrió a nuestro personaje pues se ganó dos chances de $500.000 y con ese capital pudo arreglar su casa. Logró cumplir su sueño: darle hogar propio a su familia y años más tarde, Don Luis Ovalle le ofreció quedarse con la empresa, pues ya había decidido cerrarla (año 2005); nuevamente nuestro hombre encauza sus energías y con muchas horas de arduo trabajo en las calles y algunos ahorros que tenía ($2.500.000) en el Banco Colombia, cristalizó su mayor deseo: ser el único propietario de su amada empresa: “Helados Pingüino”. Sentía que no había otro ser en el mundo que se mereciera más este regalo del universo. Ahora tiene la fábrica en su casa, él solo maneja su negocio: hace los helados, los empaca y los distribuye por el pueblo ahora en su moto. Y con ello ha permitido que esta inolvidable empresa de nuestra niñez no desaparezca como tantas otras que son parte de la nostalgia de los libanenses.

Hora de despedirnos del “Heladero”, un abrazo selló la entrevista y la invitación a degustar uno de sus ricos helados. Antes, me había contado que su música preferida es la del dueto: “Los Relicarios”. Le gusta poner su “Rockola” duro cuando está trabajando, tanto que sus vecinos le reclaman por el volumen. La “Rockola” como él la llama es un parlante para poner memorias, que una de sus hijas le regaló. Este es su único pecado, pues nunca ha bebido, ni le gusta fumar, su vida ha sido desde niño: trabajar de sol a sol. También me dice que, a su padre, ya fallecido en un accidente en su chiva por andar borracho, lo perdonó hace tiempo: “(…) sí, yo lo perdoné, porque me dio la vida”, lo que significa que en su corazón no existen rencores. Alirio parece haberse quedado en la inocencia de sus once años, cuando la vida lo arrojó a la calle. Precisamente una de sus canciones predilectas de “Los Relicarios”, bien puede definirlo:

“Yo no soy un niño ni soy un cobarde,

soy hombre sufrido y del mundo sé

que a las penas duras yo les hago frente

y si penas tengo, las olvidaré”. (En treinta segundos- Los Relicarios).

 

DATO

Ahora tiene la fábrica en su casa, él solo maneja su negocio:  hace los helados, los empaca y los distribuye por el pueblo ahora en su moto. Y con ello ha permitido que esta inolvidable empresa de nuestra niñez no desaparezca como tantas otras que son parte de la nostalgia de los libanenses.

Lucía Esperanza Sánchez Arango

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