‘Ratolandia’, herencia Bolchevique

Crédito: Suministrada - EL NUEVO DÍALos hermanos José Omar, Camilo Enrique y Armando Gómez Vargas, mejor conocidos en Líbano como los ‘Ratones’ de “Ratolandia”.
Los hermanos José Omar, Camilo Enrique y Armando Gómez Vargas, mejor conocidos en Líbano como los ‘Ratones’ de “Ratolandia”, llevan en su sangre la herencia de su padre, quien participó en el famoso levantamiento de los Bolcheviques del Líbano en 1929.
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La convocatoria de hoy es una ofrenda a la “humildad”: esa que huele, y se mete en tu interior y te estremece cuando estás frente a las almas dóciles. No encuentro otra palabra que dimensione mejor a estas tres presencias que hace rato deambulan por el zaguán y ahora reclaman su merecido pódium.

Se trata de los hermanos José Omar, Camilo Enrique y Armando Gómez Vargas, mejor conocidos como los ‘ratones’ de ‘Ratolandia’, el tradicional piqueteadero en la 11 entre 2ª y 3ª, que hemos visto por generaciones con su eterno mobiliario setentero de sillas en cuero de espaldar alto y con la decoración más austera que se pueda encontrar en un local comercial.

Otro aspecto invariable en este negocio es el menú:  el delicioso kumis, el masato, los chorizos, chicharrones y las exquisitas empanadas cuya receta data de la época del popular ‘Chinchilla’. 

Estos hermanos septuagenarios en la actualidad, practican la fraternidad sin ningún asomo de bochorno, quizás porque fueron niños pobres, hijos de un zapatero revolucionario que les enseñó que la única riqueza que tenían era ellos mismos; desde entonces aprendieron a ejercer esta hermandad férrea y nunca se les olvidó: aún recuerdan con nostalgia, cuando asistían a la escuela descalzos, con pantalón corto, remendado y tenían que cuidarse los unos a los otros. 

La entrevista la iniciamos en la peluquería de Omar, un pequeño local enseguida del merendero que al igual que este comparte su lacónica ornamentación. Lo que más se destaca de este lugar es el viejo mueble para que los clientes esperen su turno, que es invadido por los amigos desocupados que se alojan allí por horas, a leer los periódicos y a armar la tertulia. Omar ese día tenía como cliente a su hermano Camilo –el pintor de brocha gorda y el mayor de los tres-, y Armando – el propietario y dependiente del comedero –, estaba por llegar en cualquier momento.

 

La Niñez

Nacieron todos en una vieja casa de madera en La pedrera, como se conocía la calle 3ª, - todavía conservan esta casa - fueron ocho hermanos, cuatro hombres y cuatro mujeres, y de esta gran prole sólo ha desaparecido uno de los hermanos; todos han sido muy longevos, el hermano que falleció tenía 85 años.

El padre se llamaba Francisco Gómez, ‘Pachito Gómez’, el zapatero del pueblo que también era sobandero; fue apodado ‘Ratón’, de ahí el remoquete que los ha acompañado. La madre se dedicó a las tareas del hogar y a cuidar la considerable descendencia. Ella también vivió mucho tiempo, pereció a los 104 años.

Eran tiempos muy difíciles, de mucha carencia y escasamente pudieron estudiar la primaria: “nosotros estrenamos en el año 1945 la concentración de varones, quedaba donde era el batallón anteriormente; rezábamos mucho, nos llevaban a misa y antes de salir, rezábamos otra vez el rosario”.

“Mi papá con la zapatería, escasamente nos daba la comidita, nosotros desde muy pequeños empezamos a trabajar: vendíamos el  periódico La Tribuna, que era de Camilo Escobar y quedaba en la esquina de la 10ª, ellos le daban a uno como 30 centavos por venderlos, cargábamos mercado, le ayudábamos al señor Horacio en la tienda, vendíamos dulces en el teatro; doña Aixa Puerta nos daba un cajoncito para venderlos, Omar vendía en la Luneta y Armando en la Galería, alistábamos bestias para los que viajaban a Murillo y cuando volvían, las llevábamos a los potreros.

Armábamos pelotas de papel y las amarrábamos con cabuya, y con eso jugábamos en la calle descalzos; también nos entreteníamos con los trompos y las canicas, éramos muy pobres, pero felices”. Las navidades… como si no pasara nada, eso de vez en cuando nos echaban un carrito debajo de la almohada… la pobreza era tremenda”. 

Estudiaron también un tiempo en la Granja, la Unión, de la Federación de cafeteros, pero todos interrumpieron sus estudios porque tenían que ayudar al padre; en la casa tenían  seis vacas y las ordeñaban en la vía pública y salían a vender la leche por las calles. 

Algunas temporadas el jefe de la familia se iba a trabajar a las fincas de los ricos y se llevaba a los hijos mayores para que le ayudaran: “A mi papá le dieron a manejar una finca que era de Grillo Nieto y allí todos trabajábamos por un solo sueldo, teníamos que cortar pasto, cuidar las bestias, ordeñar y Camilo llevaba la leche en un burrito hasta el hospital San José”.

 

Cuando crecieron

Ya adultos, José Omar que desde 1966 aprendió la peluquería y se ha desempeñado casi toda su vida en este oficio, también muy joven fue oficial de recibo en la Oficina de Correos y Telégrafos: “Trabajé con el Gobierno, aprendí el código Morse y el teleprinter que llamaban; la oficina quedaba en el Palacio Municipal, en el primer piso”.

Camilo que ha sido pintor de casas, trabajó la panadería y manejó establos en Armero, y Armando, siguiendo los pasos de su papá, aprendió la zapatería y la desempeñó en Bogotá y en Medellín, pero no le gustó y finalmente se dedicó a su negocio de comida: “Ratolandia”, nombre dado según él por ‘Checho Gutiérrez’.

 

Mucha vida dedicada al deporte

Una faceta primordial de los Gómez Vargas, y por la cual son reconocidos y recordados por los libanenses, fue su dedicación al fútbol de la región, durante casi 40 años. Por ello, han sido condecorados en varias oportunidades por las autoridades, pero lo que ellos consideran más importante fue el hecho de que ayudaron a la formación deportiva de muchas generaciones de coterráneos. 

Ellos fueron los fundadores del club Deportes Cristal y Real Zafiro, “Patrocinamos muchos equipos de fútbol aquí en el Líbano y ayudamos cuando se fundó el estadio del pueblo… buscamos el terreno y empezamos a romper maleza, nosotros éramos jugadores, árbitros, entrenadores, patrocinadores, de todo. No había ayuda de la autoridad con los equipos, a uno le tocaba sacar del bolsillo, viajábamos cada 15 días a Armero, Honda, Mariquita, Fresno... y todo por cuenta de nosotros”.

 

El espíritu liberal

Los hermanos Gómez Vargas se consideran rebeldes y de izquierda. Saben perfectamente de dónde proviene esa tendencia en sus espíritus: la herencia del padre, que aparte de ser zapatero, sobandero, jornalero y hasta torero - compañero del famoso zapatero-torero ‘Volantín’- también fue un insurgente convencido de las causas socialistas y estuvo involucrado en el famoso levantamiento de los Bolcheviques del Líbano en 1929.

Este movimiento fue considerado el pionero en su género en América Latina y a su cabeza estaban grupos de artesanos, zapateros, carpinteros y espiritistas. Por esta causa, ‘Ratón’ el zapatero, estuvo preso en el Panóptico de Ibagué.

Armando su hijo, conserva una foto de este hecho histórico donde su padre se encuentra en la cárcel junto a otros líderes de esta insurrección. 

Pasado el tiempo, ‘Pachito Gómez, Ratón’, siguiendo su inclinación liberal e inconforme, se une a las banderas de Jorge Eliécer Gaitán.

 

 

El Negocio: Ratolandia

Armando Gómez su propietario, cuenta que todo empezó con una tiendita que colocó en la 2ª con Décima donde le pagaba arriendo al doctor Covaleda: “Yo fui y le dije a doña Chery - la gerente del Banco Cafetero-  que me prestara $5.000, para organizar la tiendita y ella me dijo “tranquilo, yo se los presto; y unas viejitas Arango, vecinas, que fueron profesoras me decían: - ¿Armadito, usted qué va a poner ahí? - “una tiendita”- les contesté-  y ellas me dijeron: - “¡Ay lástima la platica que va a poner ahí!”. Como el local era del Dr. Covaleda, empecé vendiendo trago y me visitaban muchos médicos, yo les tenía buena musiquita y por esa época, se me ocurrió vender kumis, y ahí empezó el tropel para tomar kumis. Lo de las empanadas fue porque mi hermana vivió con ‘Chinchilla’ que era el hijo de don Ramón Chinchilla. Trabajé un tiempo con ellos y luego me fui para la 11, al pie del Berioska y ahí arranqué a vender empanadas y chorizos, huesos de cerdo, rellenas, chicharrones y vendía muchísimo. Este local fue realidad, porque tenía ahorritos y pude comprarlo; otra vez doña Chery, me prestó para construir. Los muebles los hizo el mismo ‘Chinchilla’, ya tienen más de 40 años. No ha necesitado de un aviso… todo el mundo sabe que esto es “Ratolandia”.

Llegó el momento de finalizar este emotivo encuentro. Gracias Armando, Camilo y Omar por fortalecer aún más en mi interior ese sentido de pertenencia por mi pueblo. Gracias por la candidez de sus relatos que espero se vea reflejada en este humilde homenaje.

LUCÍA ESPERANZA SÁNCHEZ ARANGO

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