El Día de la Hispanidad

Crédito: Suministrada / EL NUEVO DÍA
El descubrimiento de América no fue una simple invasión que asaltó la convivencia de unos pueblos milenarios acostumbrados a la paz. Ni todos los pueblos americanos estaban acostumbrados a la paz, ni solo crueldades cometieron los conquistadores.
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El 12 de octubre es el día del descubrimiento de América. Por eso mismo fue bautizado como día de la Hispanidad. El filósofo Miguel de Unamuno rescató el vocablo, para aludir a la riqueza existente en la diversidad de los pueblos que hablan español. Unamuno le confiere un sentido igualitario y un alcance integrador, capaz de articular relaciones de equivalencia entre España y las repúblicas de nuestra América. La evocación de Unamuno, que era un humanista, es ajena a cualquier significado de agresión o de violencia.

En efecto, el descubrimiento de América no fue una simple invasión que asaltó la convivencia de unos pueblos milenarios acostumbrados a la paz. Ni todos los pueblos americanos estaban acostumbrados a la paz, ni solo crueldades cometieron los conquistadores. Las políticas de los reyes católicos obedecían a las dinámicas propias del imperio más grande de su tiempo, pero España venía construyéndose sobre una historia luminosa.

Comenzó a escribirse en la Edad Media con la llegada de los árabes a la península y luego sobre una ética que supuso sumisión al derecho, desde antes de las Siete Partidas de Alfonso X el sabio. Los pueblos ibéricos conocieron el respeto por lo plural y, en su suelo, convivieron en paz castellanos, aragoneses y vascos, pero también moros, judíos y cristianos.

La conquista de la América hispana fue una aventura popular. Sus protagonistas vinieron cabalgando en la incertidumbre. Construían su futuro personal cada mañana, sin certeza alguna de lo que pasaría el día siguiente. Por el contrario, en la América inglesa se asentaron familias enteras, unidas por razones de origen y por vocación burguesa, con la idea de privilegiar el enriquecimiento personal. Su idea era colonizar un mundo, que no era de nadie, a su imagen y semejanza. En 1513 había llegado a las costas de la Florida Juan Ponce de León, pero solo medio siglo después, arribaron los primeros ingleses.

En 1583 la reina Isabel otorgó al pirata Walter Raleigh una autorización para establecer colonias al norte de la Florida. Más tarde desembarcó del Myflower un homogéneo y numeroso grupo puritanos. Inspirados en su fanatismo calvinista y en ética del éxito, establecieron una organización excluyente y una cultura célebre por su intolerancia y -esa sí- montada sobre la obcecación. Sus abusos no conocieron límite y, fácilmente, llegaron hasta el exterminio de los indígenas.

El mundo anglosajón fue trasladado, intacto, a la América del Norte. Allí floreció la misma Europa -moderna, expansiva y absoluta- que sus colonos trajeron. Por el contrario, en América del Sur surgió un mundo nuevo, en torno a una nueva cultura.

La conquista y la colonia trajeron chafarotes y espadas, pero también libros y expediciones científicas. Y sobre todo una visión distinta de la Modernidad: la menos rígida, la más transigente, la única plural entre los fogosos dictados del pensamiento moderno.

En el equipaje cultural de los conquistadores llegaron también Instituciones. El viejo municipio castellano, en la Nueva Granada, terminó integrado con el viejo clan de los indígenas. De allí la importancia de los Cabildos, que tan útiles fueron en la independencia, y que constituyen la esencia de la democracia local. Pero, además los ibéricos descubrieron un mundo que no cabía en su lenguaje. Con razón alguien dijo que los conquistadores trajeron a América el castellano, y América les devolvió el español.

Desde las leyes de Burgos, expedidas en 1512, hasta la constitución de las Cortes de Cádiz, adoptada en 1812, el derecho peninsular quiso mantener una relación civilizada entre españoles, criollos e indígenas. A pesar del absolutismo de los Austrias y del despotismo de los Borbones, es difícil imaginar a un rey español diciendo “el Estado soy yo” como el monarca francés Luis XIV. A lo largo de la prolongada Edad Media las Instituciones ibéricas fueron más que el rey y, de alguna manera, aquella realidad histórica imprimió cierto carácter.

Las corporaciones, los fueros territoriales, los cabildos eran omnipresentes en la Edad Media ibérica. La Carta Magna leonesa, de 1188, es la raíz del principio de la representación y el testimonio más antiguo de la institución parlamentaria en Europa.

Por la misma época, los aragoneses juraban lealtad a sus reyes, sólo si se sujetaban al derecho. Pero esa historia fue excluida de los relatos oficiales de la Modernidad. En lugar de respetar las luces de la Escuela de Salamanca, las potencias emergentes escribieron una falsificada historia de España, que se conoce como la “leyenda negra”.

Pero ahí están los textos de historiadores y cronistas. Ahí quedó escrito la violencia con que ingleses, franceses, holandeses acompañaban sus empresas coloniales y colonialistas. Dos obras icónicas, “El corazón de las tinieblas” del escritor Joseph Conrad y “El sueño del celta” de Mario Vargas Llosa, muestran en toda su crudeza la arbitrariedad, las torturas, la barbarie de los colonialistas ingleses en Asia y África, o las atrocidades de los belgas en el Congo. Pero aquello sucedió no solo hace 500 años. También ocurrió a finales del siglo XIX.

Lo hispano comienza en los Pirineos y termina en la Patagonia, o al revés. Enlaza a Manco Cápac con Don Pelayo y a Cervantes con Gabo. Probablemente nuestros pueblos necesitan un nuevo relato. Pero deben construirlo rescatando como propia su andadura centenaria y no fungiendo de víctimas, ni culpando a otros de tragedias que pueden superar, si se comprometen seriamente en la búsqueda de sí mismos. Ese es un problema de imaginación y, en esa materia, Iberoamérica guarda la mejor riqueza del mundo.

AUGUSTO TRUJILLO MUÑOZ

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