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¿Preocupa realmente el progreso del Tolima?

Sin ánimo de ser descortés y dado el tiempo político en curso, confieso que no pocas veces pienso que a los tolimenses no nos preocupa realmente el desarrollo del Tolima, y no aludo a quienes, por necesidad, espíritu gregario o simple inercia conductual, aceptan promesas, tamales y mentiras; tampoco aludo a quienes, sin reato ético, engañan para así convertir lo público en filón de riqueza personal, pues ellos, unos y otros, sólo son evidencia de nuestra realidad, lo que hay. En perspectiva histórica aludo al tolimense íntegro que desea un mejor futuro, pero que, por recóndita razón, contemporiza con mentalidades y conductas que han causado y causarán frustración y postración a sucesivas generaciones de tolimenses.
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Diría que una “duda metódica” lleva a concluir que, si el progreso del Tolima fuese propósito decidido de los líderes sociales, económicos y políticos, entonces el progreso habría iniciado hace muchos años atrás y hoy sería una grata realidad que todos los tolimenses estaríamos disfrutando. Insisto, no irrespeto el intrínseco valor de persona alguna si expreso que, como ocurre en toda antesala electoral, y con la venia de sus prosélitos, los políticos se proclaman como los “senseis” que salvarán al Tolima, cuando en verdad su discurso, ególatra y refrito, no revela una racionalidad histórica, compleja, disruptiva y territorialmente pertinente, que nos permita creer que, ahora sí, está emergiendo un fenómeno político transformador.

Creo que caemos en alucinación al creer que el político es gurú del desarrollo, pues él es un actor trasversal en la dinámica del país y las regiones, ya que su función, como debería ser, es hacer que la política pública de orden social, económico, ambiental, salud, tecnológico, científico, educativo, infraestructura, etc., llegue a todos y en todo rincón del país. Gurú del desarrollo es todo actor social, privado o público, que inspira y concilia sus metas personales con la utopía del bienestar colectivo y por ello fastidia esa cortesía cortesana con “políticos” ególatras y egoístas que solo producen cortocircuitos para incendiar, confundir y corromper el espíritu colectivo y el acervo moral, que son valores inherentes al auténtico desarrollo.

También mortifica esa frenética pasión por un proceso electoral sin ideas ni compromisos serios, como si elegir solo fuera un juego inocuo y divertido y allí no decidiéramos el futuro de nuestros hijos; por ello urge una profunda reflexión sobre el porqué una historia giratoria paralizó al Tolima. Creo que son varios los factores que alimentan el círculo vicioso: nuestra débil identidad, la sumisión al centralismo, las erradas premisas económicas, la ausencia de sentido histórico, la fuga de talentos y la falta de diálogos y acuerdos entre los tolimenses.

Pero, soy franco, es la colosal y corrupta egolatría en la política la que, como “mula muerta”, obstaculiza el progreso, pues impide el flujo de ideas, el diálogo, la unión y la sincronía entre lo público y lo privado. Culpable por omisión es quien admite que el Tolima sufre aberración política y ese pecado solo se absolverá sí, entre todos, construimos una política legítima.

ALBERTO BEJARANO ÁVILA

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