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Decrecer para crecer

“La necesidad de reflexionar sobre el error de centrar el modelo económico y el esfuerzo político en el crecimiento indefinido del producto interno bruto”, en palabras de Georgescu-Roegen, parece ser el meollo de “la teoría del decrecimiento” que por éstos días los solícitos detractores del nuevo gobierno utilizan para descalificar su gestión. Encarnado en Gustavo Petro y en limpia y dura lucha democrática, el ganador en la pasada contienda presidencial fue el anhelo de trasformar a Colombia para que la equidad y la justicia social fuese el nuevo norte político y, claro está, ese triunfo exigía una ruptura radical con arcaicos paradigmas que, por muchos decenios, implantaron en Colombia la desigualdad y la exclusión social.
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Porque el cambio siempre fue vocablo envilecido por la demagogia de quienes hicieron de la política un instrumento para el personalismo y la corrupción, mucha gente pudo pensar que el histórico triunfo del PH solo reeditaría la paradoja gatopardesca que expresa la sagaz contradicción del continuismo: “que todo cambie para que nada cambie”. Por esa creencia, los idólatras del pasado, entre ellos ciertos “progresistas”, no tenían madurez para entender siquiera las tesis llamadas a modificar la visión del futuro y por ello, sin un razonable compás de espera, refutan, porque sí, las ideas del cambio que hoy proclaman la opinión y la política realmente trasformadoras y el equipo de gobierno que apenas cumplió un mes de gestión.

Abierto a toda idea disruptiva y queriendo entender la teoría del decrecimiento económico (sugiero leer el libro “El Decrecimiento Explicado con Sencillez”, de Carlos Taibo), encuentro que en muchos campos es necesario decrecer para crecer realmente, pues eso entendieron las hoy naciones prósperas y ejemplo de equidad y bienestar que declinaron o le mermaron a actividades económicas primarias (ej. el extractivismo) y privilegiaron el humanismo como razón de estado y, desde allí, los saberes, la investigación, las ciencias y el concepto del valor agregado que garantizan equidad y justicia social. Hoy, grosso modo, coexisten dos mundos, el desarrollado, con alto nivel de civilidad, igualdad y calidad de vida y otro, como el nuestro, atrasado, primario, con enorme pobreza y desigualdad social y con una ética carcomida que suele incitar el salvajismo y, por ello, en éste nuestro mundo, el cambio consiste en procurar el acercamiento a un estadio humanista, civilizado, decente, desarrollado y moderno.

La mezquindad, la estulticia o “la mala sangre” llevan a oponerse al cambio, o igual, a negar que a veces es necesario derruir para construir o decrecer para crecer. Los defensores de la economía tradicional, que nos amarra a la dependencia externa, por qué no piensan en litio, níquel, coltán, cobalto, como minería para las ciencias humanas y las ingenierías modernas; por qué en vez de importar comida no suscitan la soberanía alimentaria; por qué no inducen rasgos modernos a la economía primaria, ej., unas pocas hectáreas de los extensos arrozales para montar huertas solares. El tema es complejo y merece análisis en vez de “mala leche”.

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ALBERTO BEJARANO ÁVILA

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