El mes de los volantes etílicos

Está por empezar el verdadero diciembre. No el de esos primeros días del mes que más parecen tímidos rezagos nostálgicos de un noviembre irrelevante que no tiene dolientes, sino la temporada auténtica que desata el bacanal de comida y bebida con la novena navideña y termina con los jefes otorgando días libres en señal de benevolencia, las familias reuniéndose en la casa de la abuela octogenaria y en general la gente haciendo sus mayores esfuerzos para ser un poco mejor persona. Pero infortunadamente, como si formase parte de una siniestra paradoja, la más noble y emotiva de las estaciones del año es así también la más mortal.

Con los acordes de Pastor López vendrá la fiesta a todo timbal y de allí inexorablemente se desprenderá una nueva camada de sujetos irresponsables, tanto hombres como mujeres sin distinción, que encontrarán bastante cómodo perder la consciencia ahogados en alcohol y pilotear su vehículo sin saber que se encuentran a instantes de convertirlo en un misil que habrá de impactar contra el más certero de los blancos aleatorios. La carne del niño, joven o adulto, con una resistencia claramente menor a la de la carrocería de cualquier automotor, no tendrá ninguna oportunidad contra la monstruosa máquina que se le viene encima y hasta ahí llegará la alegría. No más tutaina ni vamos pastores, solo una llamada pendiente a la funeraria.

Año tras año, los noticieros colombianos nos sacuden con historias estremecedoras que giran en torno a la misma desgracia. Todos los diciembres el fragor de las luces y el encanto de la natilla se tienen que ver opacados en alguna parte del mapa por una mala decisión que bien pudo evitarse con un mínimo de sentido común. Una anciana cruzando la esquina, un menor haciendo un mandado en la tienda o una futura madre volviendo de una ecografía, cualquiera es un objetivo potencial y un nuevo drama que nos partirá el alma en las emisiones del mediodía. Orando por los caídos y agradeciendo no haber sido uno, a nuestro país se le va el fin de año repasando la lección que no ha aprendido.

Aún así, para ser una enfermedad que mata más ciudadanos que las balas que se disparan en la selva, los conductores borrachos no logran acaparar la misma atención ni reacción enérgica que la guerra y por ello han conseguido caricaturizar nuestra justicia hasta los límites del absurdo. Porque para nuestro sistema aquel que en un giro de volante arrasa con una vida no merece llamarse asesino por el argumento enclenque de que no tenía la intención de hacerlo y todo queda en un fue sin querer queriendo que a las pocas horas de captura ya lo tiene de vuelta en casa preparando el próximo trago.

Quizás este sea uno de los baches más grandes e indignantes de nuestro Código Penal. Sin detención preventiva y premiados con casa por cárcel, no resulta extraño que diciembre sea el mes de los volantes etílicos, en el que les genera más temor quedarse sin hielo para el güisqui que la Ley.

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