Los otros ganadores

Cada nueva ceremonia de entrega del Premio Nobel de Literatura que se celebra en octubre tiene connotaciones que trascienden a la inmortalidad asegurada del ganador. En el planeta entero, durante los segundos en los que el portavoz de la Academia Sueca abre el sobre que le cambiará la vida al nombre que porta, miles de almas distintas a las de los candidatos aguantan la respiración y paralizan sus latidos, a la espera de la frase que está a punto de ser pronunciada, pues saben que con esta podría haber llegado el día de su suerte. Son las editoriales detrás de los laureados los otros ganadores para quienes el Premio Nobel es un reconocimiento silencioso al buen ojo de sus reclutadores literarios y el comienzo de un largo trabajo de cosecha del esfuerzo invertido.

Orgullo infinito

Caminando de frente por el Paseo de Recoletos se llega al Palacio de Cibeles, una hermosa construcción centenaria de cinco torres a la que los madrileños de principios del Siglo XX acudían para enviar y recibir correspondencia, pero en la que actualmente opera la Alcaldía de Madrid. Allí, frente a la famosa fuente en la que el Real Madrid celebra sus copas, por estos días se ha desplegado la imagen colosal de una bailarina mórbida que, parada de puntillas, realiza una intrincada figura de ballet con inesperada destreza. Sus trazos son inconfundibles y la serpiente humana que aguarda bajo ella mientras llega el turno de ver su colección delata al causante de tanto alboroto: Botero está en la ciudad.

El triste rastrojo del gigante

Volvimos con la misma ilusión de aquel lejano primer día en que mi novia me llevó hasta allí para conocer las delicias del turrón navideño. Entramos por la misma puerta automática de tantos otros paseos, nos absorbió el ya recurrente, aunque siempre insolente, frío atmosférico de su interior y divagamos de la mano por entre infinitas estanterías de coloridos destellos galácticos. A pesar de los muchos meses de acuartelamiento, regresamos como si nada hubiese ocurrido, como si siguiera siendo ayer.

Los mismos de siempre

Contra la incertidumbre vaporosa de este nuevo mundo que nos tocó vivir, no hay mejor remedio que aquellas viejas costumbres que siguen iguales a pesar de que todo alrededor suyo cambió y, de entre ellas, no hay costumbre que edifique más el alma que madrugar a las seis de la mañana para ver cómo, ante los ansiosos ojos virtuales del planeta en pleno, una pequeña puerta blanca de ribetes dorados abre sus fauces en Estocolmo para rugir el afortunado nombre del siguiente individuo que se despojará de su mundana condición de simple mortal y escalará al Olimpo de la inmortalidad literaria.

Paladines de la ley

“Aquel a quien siempre consideraré como el mejor y el más inteligente de los hombres que yo haya conocido…”, esta es la última y desgarradora frase con la que a cualquier fan de Sherlock Holmes que se digne de ello se le arrugó el corazón leyendo “El Problema Final”, el relato con el que Arthur Conan Doyle pondría fin a la carrera del detective luego de verse superado por su avasallante éxito.

Un manjar literario

Saliendo de la Plaza Mayor por el Arco de Cuchilleros, allí donde antaño se agolpaba lo más selecto del gremio carnicero de Madrid, y tras descender por la adoquinada estrechez de la Cava de San Miguel, se encuentra un escaparate de vidrio espeso con puertas café que, emulando gigantescas tabletas de chocolate, ha contenido durante casi 300 años los suculentos aromas de lo que se cocina en su interior.

Las señoras de Europa

No les voy a decir mentiras: solo lo hice para ganarme los afectos de mi suegro. Estábamos ahí, de pie, triturando castañas asadas con los molares a pocos metros de la formidable basílica donde casi 100 años atrás se casó Franco.

La verdad de las estanterías

No debe ser motivo alguno de vergüenza confesar que desde hace muchísimos años arrastro conmigo una excéntrica fascinación por curiosear las bibliotecas de los demás. Es una fijación literaria de la que ya no puedo desprenderme cada vez que llego a la casa de alguien y por culpa de la cual muchas veces me encuentro a mí mismo perdido en la auscultación inquisidora de títulos arrumados en cualquier estantería mientras el anfitrión busca afanosamente sacarme del trance para completar los rituales sociales de saludos y presentaciones.

La nona

El primer cuento que escribí jamás se llamó “La Tienda de mis Abuelos”, un thriller infantil de veinte líneas temblorosas sobre cómo mi nono Aníbal y mi nona Cleofe atrapaban a un ladrón, que irrumpía furtivamente de noche en su tienda, con una red (como todos saben que se atrapan los ladrones en San Gil).

El día después

Los días avanzan tan parecidos entre sí que por momentos me engañan y me hacen sentir que cabalgo en un bucle de mañanas fotocopiadas que se reinicia con cada despertar.