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Mi primer mundial

Aunque mi padre siempre ha defendido, ostentando la certeza infalible de los testigos presenciales, que en 1994 él personalmente nos sentó frente al televisor con mi hermana para presenciar la bochornosa participación de Colombia en el Mundial de Estados Unidos, mis recuerdos de aquel certamen son prácticamente nulos y se reducen poco más que a una calcomanía gigante del perro Striker que algún vecino de Bucaramanga consideró el adorno ideal para su ventana, dejándola decolorar allí durante décadas para que toda la ciudad la apreciara cada vez que tomáramos la pendiente de la Calle 56 rumbo al barrio de Cabecera. Por ello, y en lo que a mi corazón futbolero respecta, Francia 98 será eternamente mi primer mundial, el que me hizo enamorar de esta competición.

Elegía al segundón

Han pasado más de 20 años, pero aún lo recuerdo muy bien. Mi madre todavía dormía tras aterrizar en el vuelo vespertino desde Bogotá y yo madrugaba para esculcar los regalos viajeros que siempre llegaban a casa cubiertos por una fina película de frío que, para mí, incluso ahora, envuelve todo lo que viene de la capital.

La orfandad de sus voces

Sumergidos como estamos en una guerra que, aunque la plasticidad cosmética del tiempo no nos lo haga sentir así, ya entra en su noveno mes de gestación, sigue quedando en el aire una pregunta que la prensa cultural se formuló a finales de febrero, cuando los primeros tanques rusos avanzaban hacia Kiev, y que, sorpresivamente, todavía no recibe una respuesta del todo satisfactoria: ¿Y dónde está la literatura ucraniana?.

Autopsia de una fusión

“John Steinbeck dijo, ‘supongo que nunca hay suficientes libros’” es la frase de apertura elegida por Florence Pan, jueza de la Corte Distrital de Columbia, para la recién publicada sentencia del caso United States v. Bertelsmann. Este es, posiblemente, el fallo más importante en materia cultural de los últimos años, ya que echó por tierra la fusión entre Penguin Random House (PRH) y Simon & Schuster (S&S), dos de los cinco gigantes de papel de Norteamérica. Para la Jueza Pan el caso no iba sobre la fusión inocente entre dos empresas que imprimen libros, sino sobre las editoriales como maquinarias de enorme poder capaces de influir directamente en la vida intelectual de una nación al decidir qué ideas salen al mercado y, en últimas, qué contenidos son leídos por la gente.

Algo está haciendo bien Samanta

Cualquiera que se dé un rápido paseo por la página de Wikipedia del prestigioso Man Booker International, el galardón literario más importante tras el Nobel y el Pulitzer, notará la sorpresiva frecuencia con la que aparece el nombre de la argentina Samanta Schweblin en el listado de candidatos. Tres para ser exacto, una hazaña que únicamente ha conseguido ser emulada, y apenas recientemente, por la consagrada Olga Tokarczuk (Premio Nobel 2018), quien tras ser finalista en la edición 2022 por “The Books of Jacob”, ya acumulaba nominaciones en 2019 por “Sobre los Huesos de los Muertos” y en 2018 por “Los Errantes”, novela con la que finalmente se alzaría como ganadora en aquel año.

Irónica paradoja tecnológica

Es un hecho inobjetable que Corea del Sur está de moda. “Parásitos” hizo historia al convertirse en el primer largometraje no rodado en inglés que gana el Óscar a Mejor Película; el macabro “Juego del Calamar” fue el tema de conversación de gran parte del planeta durante meses; las bandas de música K-Pop siguen posicionándose progresivamente en las listas del planeta como herederos del legado inmortal de Psy y su “Gangnam Style”; y, en materia literaria, Byung-Chul Han, nuestro filósofo moderno favorito, continúa dando de qué hablar. Esta vez con una dolorosamente precisa disección de nuestra democracia en su más reciente lanzamiento “Infocracia”.

La cuarta dimensión

Conforme van pasando los años voy acentuando mis indemostrables convicciones de que uno de los rasgos más significativos de la literatura es la capacidad de abstracción que emana de ella. Ésta funciona a manera de vórtice gravitacional, su origen puede localizarse en el epicentro mismo de la vorágine de letras dispuestas por el autor y gana momentum conforme éstas van arremolinándose, cada vez a mayor velocidad, en la mente del lector.

Guardianas silenciosas

Con ocasión de la más reciente sesión de un club de lectura especializado en novelas sobre la ciudad de Nueva York, me vi en la necesidad de rastrear por toda la ciudad algún ejemplar superviviente de “Ragtime”, un libro escrito por E. L. Doctorow que seguramente a casi nadie le suena en Colombia, pero que en Estados Unidos es toda una institución, uno de esos clásicos instantáneos que solo se escribe cada tantas décadas. Como en su momento lo haría Fernando Soto Aparicio con “La Rebelión de las Ratas”, Doctorow consigue atrapar el espíritu de la clase media trabajadora, ya no del Timbalí boyacense sino de una gigantesca metrópolis en frenética construcción bajo la sombra del racismo institucional de principios del Siglo XX.

El padre de todos los trámites

Madrid – Octubre 2022

Realmente pensé que ya había cumplido todos los requisitos: repetitivas clases de Derecho durante más de dos años que se arremolinaban en mi cabeza como un perenne déjà vu, dos extensas tesis de grado que drenaron mis reservas de redacción creativa para alimentar los acartonados formalismos jurídicos que me demandaban y la aprobación del inescrutable examen público de acceso a la abogacía, cuyo temario es tan amplio y ambiguo que la mitad de sus preguntas se resuelven con una ligerísima noción de la respuesta correcta mientras la otra mitad se deja a la mera liberalidad de los impíos dioses del azar, quienes manifiestan sus designios a través de su inefable mensajero, el pinochazo. Cuan equivocado estaba, pues para convertirme en abogado español todavía debía superar un último escollo: la dispensa legal de nacionalidad.

Fénix de papel

Era diciembre y la noticia se regó como pólvora por las calles de Madrid: A falta de un milagro navideño, Pérgamo, la librería más antigua de la ciudad, estaba abocada al cierre inminente. Los rumores dieron paso a las certezas cuando sus portentosas estanterías de madera de cerezo con vistas a la calle empezaron paulatinamente a perder libros, cuales dientes ausentes en la sonrisa de un viejo, y los letreros de liquidación colgaron de su icónica fachada como edictos reales de sentencia. Fachada que se mantuvo incólume desde su apertura en 1945 y que hoy navega entre las aguas de lo clásico y lo meramente vintage.