Nuestro flamante club literario

Francamente, no recuerdo cómo surgió la idea. Tal vez fue durante alguna de aquellas horas muertas de la noche en las que ordenábamos pizza y ya sin corbata nos reuníamos en cualquier sala de conferencias para divagar al calor del pepperoni, mientras los contratos atrasados se revisaban solos en nuestras oficinas. El caso es que al día siguiente Panesso, Puerto y yo asaltamos a nuestro socio de confianza en su despacho para pedirle un favor muy particular sin hacer preguntas: meter la mano en un talego improvisado para elegir el libro que leeríamos ese mes. El azar dictó su sentencia, “La Nueva Lucha de Clases” de Slavoj Žižek sería el inicio de aquella gran aventura.

La primera que sigue

Bastante frenéticos han sido los últimos días para el mundo literario por cuenta de “Klara y el Sol”, la más reciente novela del escritor japonés Kazuo Ishiguro, ganador del premio Nobel de Literatura en 2017. El vasto despliegue publicitario de su nuevo libro no tendría nada de excepcional para un autor con asiento en el Olimpo Literario de no ser por la estratégica posición que esta obra ocupa en su canon bibliográfico y el morbo editorial que le acompaña: es su primera obra publicada tras hacerse con el máximo galardón mundial de las letras.

Caprichos literarios

El reciente galardón de Pilar Quintana ha reavivado en mí el deseo de completar una de las asignaturas que considero ineludibles para todo lector que pretenda ahondar en las variopintas, aunque no menos turbulentas, aguas de la literatura latinoamericana: recolectar y leer todos los libros ganadores del Premio Alfaguara. Veinticinco textos forjados en distintos rincones del continente que desde 1998 nos han permitido degustar la gran paleta de sabores literarios que se cuecen en nuestra región. A esta empresa todavía le quedan muchas horas de lectura por delante, pues hasta la fecha solo he terminado el laberíntico “Delirio”, el enigmático “El Ruido de las Cosas al Caer”, el intrépido “El Mundo de Afuera” y el profano “Abril Rojo”.

La sublime vulgarización

Hace 15 años era mi ritual de todos los jueves en la mañana que siguieron desde octubre. Salir un poco más temprano de casa, girar a la izquierda en la esquina de Fodo (el can que durante horas dormitaba plácidamente en mitad de la carretera, forzando con su rebeldía onírica que los carros treparan al andén para no aplastarlo) y caminar hasta el pico que forma el colapso pavimentado de la Avenida González Valencia contra la Carrera 27.

Un modelo alternativo

Sin saberlo, los lectores del mundo tienen en su lista de pendientes una importante misión de la que depende el futuro de la literatura: evitar que Amazon se convierta en el único librero del planeta. La lucha por la supervivencia de las pequeñas librerías independientes es una pugna diaria que se define libro a libro y en la que cada nueva venta da minutos de oxígeno a estos, los últimos refugios físicos de la lectura en los tiempos digitales que nos acosan.

Fusión y escisión

Aunque no sea fácil de imaginar, es un hecho que la literatura, y en particular su átomo esencial, la letra impresa, es desde siempre un compuesto de naturaleza líquida, peculiar aspecto molecular que las editoriales tienen muy claro y con el que no han dudado en jugar como alquimistas a lo largo de los años. Así pues, no son pocas las ocasiones en que la creatividad de algunas casas de tinta ha dado lugar a experimentos catabólicos y anabólicos bastante particulares sobre las obras de distinguidos autores. Fusiones y escisiones paradójicas que escapan de la comprensión del lector.

Literatura presidencial

Durante aquellas primeras semanas de enero de hace casi tres años el ambiente estaba tenso en las librerías de Nueva York. Los exóticos abogados del presidente de los Estados Unidos acababan de enviar una densa perorata jurídica de once páginas al periodista Michael Wolff y la casa editorial de “Fuego y Furia”, su futuro best-seller con confidencias sobre la turbulenta intimidad de la Casa Blanca durante la era Trump. Todo el país aguantaba la respiración a la espera de la respuesta oficial del autor ante aquella solicitud de cese y desistimiento de publicación que venía ordenada directamente desde el número 1600 de la Avenida Pensilvania en Washington. Wolff optó por la única alternativa sensata: recogió el guante del desafío y adelantó el lanzamiento del libro para la mañana siguiente.

Mi aguda confesión

Yo era muy pequeño, pero todavía lo recuerdo bastante bien. El sol se extinguía pintando de anaranjado la carrera 33 mientras en cierto centro de salud de mis horrores me aferraba como una boa en constricción a la mesita de madera de su sala de espera. Entre gritos angustiosos clamé durante horas por la heroica intervención providencial de la policía y los bomberos de toda Bucaramanga. Tenía la certeza incontrovertible de que solo ellos podrían salvarme de la inminente amenaza de la vacuna Triple Viral. Mi pobre madre, muerta de vergüenza, trataba de desenredar a su hijo del mueble siamés bajo la mirada abochornada de las enfermeras. Pero el berrinche funcionó: aquella tarde solo a uno de los mellizos Chacón le pincharon.

La hora del héroe

CNN confirmaba la noticia: tras varios días aguantando la respiración durante el recuento, Pensilvania cambiaba de color y ahora se teñía de azul demócrata. Joe Biden era oficialmente el nuevo presidente de los Estados Unidos. A varios kilómetros de allí, en la ciudad de Nueva York, resguardado muy lejos de la algarabía que estallaba en las calles tras el fin de la incertidumbre, un hombre con gafas de gruesa montura negra destapaba una cerveza para celebrar en su sillón y, tras beber un largo trago de la botella, sonreía mirando a la televisión. Su plan había funcionado a la perfección.

Los otros ganadores

Cada nueva ceremonia de entrega del Premio Nobel de Literatura que se celebra en octubre tiene connotaciones que trascienden a la inmortalidad asegurada del ganador. En el planeta entero, durante los segundos en los que el portavoz de la Academia Sueca abre el sobre que le cambiará la vida al nombre que porta, miles de almas distintas a las de los candidatos aguantan la respiración y paralizan sus latidos, a la espera de la frase que está a punto de ser pronunciada, pues saben que con esta podría haber llegado el día de su suerte. Son las editoriales detrás de los laureados los otros ganadores para quienes el Premio Nobel es un reconocimiento silencioso al buen ojo de sus reclutadores literarios y el comienzo de un largo trabajo de cosecha del esfuerzo invertido.