Más de lo mismo

Salvo Bogotá, que presenta una polarización electoral entre el modelo de desarrollo calificado como de izquierda, y otras expresiones políticas que buscan superar la continuidad de este tipo de administración distrital, en ninguna otra parte del país -ni menos a nivel nacional -se visibiliza con despliegue publicitario una confrontación frente a un determinado modelo de desarrollo para entidades regionales.

En el fondo, políticamente se mueven otras estrategias de corto y mediano plazo. Las direcciones de los partidos -salvo el Polo y otros pequeños grupos de izquierda- se orientan a ganar el mayor número de alcaldías y gobernaciones y, obvio, tener un número respetable de ediles, concejales y diputados, que les permitan negociar y obtener poder -burocracia y contratos principalmente- nacional y regionalmente, a partir de las nuevas realidades electorales, surgidas a partir del 25 de Octubre. Aspiran -dichos directorios- entregar resultados que superen los obtenidos en las elecciones anteriores.

Pero, a diferencia de procesos electorales adelantados, por ejemplo en Europa, donde se definen aspectos esenciales sobre el presente y futuro de la Sociedad y el Estado, en Colombia con las elecciones de octubre, no se juega nada de fondo. Sólo aspectos relacionados con la maquinaria burocrática y, claro está, el futuro de los candidatos de las próximas elecciones presidenciales.

Es más, a excepción de dos o tres departamentos e igual número de ciudades capitales, la polarización que se presentaba hace algunos meses entre Santos y Uribe, -que expresan en mismo modelo de desarrollo nacional- bajo de intensidad, y continúa con menos pasión orientado a consolidar equipos futuros de apoyo a un determinado candidato presidencial. Todo alrededor de mantener, consolidar, agigantar un determinado poder electoral. De ahí, no pasa la visión de democracia de los dirigentes nacionales más connotados del momento, por cuanto, como ha quedado demostrado, no existen los partidos en Colombia, con definiciones conceptuales y organismos democráticos internos serios, que expresen una visión coherente de Nación, Estado y Sociedad propia de una ideología identificadora.

Por el contrario, los avales se convirtieron en varios casos en chistes flojos -y en ciertas ocasiones en un jugoso y rentable negocio- a costa de la seriedad de los partidos: un fundador y directivo del Partido Verde terminó inscrito como candidato a la Alcaldía de Bogotá avalado por Cambio Radical. Continuando una nociva práctica para la democracia colombiana, permitiendo que blancos sin afinidad cultural, ni social, ni étnica hagan parte de listas de los afrodescendientes; o que algunos avispados paisas de ojos azules y piel de armiño puedan resultar siendo candidatos de los indígenas, abanderando los intereses de los herederos de luchas centenarias -lideradas entre otros por el legendario Quintín Lame- por la tierra.

Ver para creer, en lo que van quedando -por distorsiones electoreras- los avances en reconocimientos de derechos de las minorías consagrados en la Constitución de 1991. Sin partidos serios, los debates electorales no definen aspectos trascendentales para el desarrollo integral de las regiones ni del país.

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