Las mariposas amarillas

El pasado 21 de octubre se cumplieron 40 años del día en que Gabriel García Márquez recibió una llamada desde París comunicándole el otorgamiento del premio Nobel de Literatura.
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Ese hecho puso a Colombia en el radar planetario, y quienes comenzaron a aproximarse al país a través de sus obras, vieron un lugar en donde se entremezclan la magia, lo maravilloso y la fatalidad. Un pueblo triste conformado por personas alegres, de gentes anhelantes de la paz, pero hacedores de guerras. Una tierra de mariposas amarillas condenadas a dar las malas noticias y a ser el símbolo de los amores escondidos.

Gabo nos legó una obra y con ella una narrativa frustrante. La de un pueblo al que todo le sale mal. Un país de estirpes condenadas a siglos de soledad, de generales incapaces de salir de sus laberintos y de coroneles sin quién les escriba; con abuelas desalmadas y putas tristes, a pesar de ser mujeres de ‘vida alegre’. En el cual las muertes se anuncian y ni así logran evitarse. Un país de náufragos y de ahogados, con pestes y epidemias. Un pueblo de mujeres cuerdas, aun cuando vivan en un manicomio, sentenciadas a criar solas los hijos, pues los padres los olvidan incluso antes de nacer.

Desde hace unos años lo vengo pensando, si aspiramos cambiar a Colombia necesitamos superar esa narrativa fatalista de nuestra historia, no evocarla ni reforzarla, y comenzar a tejer otra de realizaciones. Al fin y al cabo, la felicidad es una manera de viajar y no un destino. Se puede ‘vivir sabroso’, con victorias y derrotas, tal y cuál es la vida misma, sin condenas ni pérdidas preestablecidas, ni maldiciones bíblicas a las cuales escapar es imposible.  

Quizás las niñas (o mejor, jovencitas, para no incomodar a ciertas feministas), que hoy se enfrentarán a España en una final mundial de fútbol, no lo sepan, pero con su alegría, optimismo y picardía están escribiendo páginas de una narrativa totalmente opuesta a la de Aureliano Buendía y todo el imaginario derrotista del universo garciamarquiano. Ellas van a salir a ganar. Como lo hicieron frente a Nigeria, sin desmoralizarse por haber errado un tiro penal. Luisa Agudelo, Linda Caicedo, María Camila Correa, Stefanía Perlaza, Laura Daniela Garavito y todas las demás saltarán a la cancha sin complejos ni timideces, son mujeres dispuestas a dejarse la piel en el terreno, quieren escribir y hacer historia. Como la está escribiendo Diana Trujillo en la Nasa, y otras tantas y tantos jóvenes. Pueden perder, claro, pueden perder, de hecho, ya perdieron su anterior partido frente a España, quizás por eso ahora saldrán “a por todas”. Cobrarán caro esa derrota.

Estas mariposas amarillas van a volar desde la India para anunciarnos no amores imposibles y pasiones prohibidas. Van a convertirse en el símbolo de la esperanza, del optimismo, del trabajo y de la disciplina. A algunas de ellas no les han terminado de crecer las tetas, y no las necesitan para estar en el paraíso, ni tampoco sábanas blancas para ascender al cielo, pues no tienen nada de qué avergonzarse. Están haciendo literatura con la cabeza y con los pies. Son bellas y no buscan milagros, pertenecen a una nueva estirpe alejada de la fatalidad, y estaré con ellas sea cual sea el resultado. Son un sentimiento, no solo un equipo de fútbol.

 

GUILLERMO PÉREZ FLÓREZ

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