Literatura y desaparecidos

Hay textos literarios que estremecen. Muchos autores narran historias que suenan a ficción y no son otra cosa que la escabrosa realidad contada de una manera descarnada, una realidad brutal que lacera el alma y nos recuerda que la literatura es una manera estética de cuestionarnos y confrontarnos ante la indolencia de lo que sucede en nuestra sociedad. Me acaba de pasar con la novela de Pablo Montoya de título, la sombra de Orión. En 436 páginas trepidantes nos cuenta el delirio de la guerra urbana en Medellín y especialmente, los detalles de la tristemente célebre operación Orión con sus combates y el uso de la desaparición forzada como método para aniquilar al enemigo.
PUBLICIDAD

El autor en su misma obra cuenta el método usado para escribirla. Consultó múltiples informes, análisis y testimonios de quienes vivieron la guerra y esa operación militar en particular. Habló con las víctimas y los victimarios para conocer de primera mano su punto de vista sobre la confrontación. Recorrió los sitios de la comuna 10 donde hubo asesinatos y desapariciones. Probablemente este ejercicio le permitió crear un personaje en su novela al que llama “el cartógrafo” que ubica espacialmente en un mapa que lleva mucho tiempo elaborando, todos los hechos de violencia acontecidos en este espacio urbano.

Narra en su obra los procesos de poblamiento urbano en las montañas de Medellín. Familias desplazadas de muchas regiones como Chocó, Risaralda, Córdoba, entre otras, llegan a establecerse a estas empinadas lomas, huyendo de la violencia y la falta de oportunidades. El surgimiento de las bandas auspiciadas por el narcotráfico a través de quien en la novela llama “el mago”, personaje fácilmente distinguible, pues llegó en la vida real a ser Representante a la Cámara. El aterrizaje en el territorio de las guerrillas de las Farc y el Eln, lo mismo que de los grupos paramilitares encabezados por “Bejarano”, un cojitranco que no es otro que ‘Don Berna’.

El texto es vertiginoso en la narración de la operación Orión y la estrategia militar desplegada para derrotar las milicias y las guerrillas. Expone claramente la alianza entre los paramilitares y la fuerza pública, una combinación útil para “pacificar” la comuna que contó con la complicidad de los políticos, el empresariado, los gobernantes y la “gente de bien” de la ciudad.

Un aspecto especial en la novela es el referido al tratamiento de los desaparecidos. El autor les da voz. Son fantasmas narrando descarnadamente los horrores a los que fueron sometidos para luego simplemente arrojarlos sin ninguna consideración a La Escombrera, un lugar que recibe los escombros de los procesos de construcción de Medellín y que según muchos es el cementerio más grande de la ciudad. Se escuchan voces de hombres adultos, trabajadores, jóvenes y jovencitas ligados por cualquier circunstancia con los actores del conflicto y que por esa razón merecieron ser desaparecidos. En esta lógica demencial, la guerra no perdonó ni siquiera a los niños, así estos fueran enfermos.

El libro de Montoya nos interpela especialmente con un fenómeno vigente, el de las desapariciones, algo que parecía del pasado y sin embargo lo sentimos presente con mucha fuerza en el contexto del paro nacional iniciado el 28 de abril. Los desaparecidos generan un profundo dolor e incertidumbre en sus familias. La solidaridad manifestada por la sociedad con respecto a este hecho es la mayoría de las veces coyuntural pues es considerada una tragedia ajena, sin embargo, al poco tiempo las víctimas de este delito atroz son olvidadas.

Cada 30 de agosto se conmemora el día internacional de los desaparecidos, de aquellos que no sabemos su paradero y su suerte. Todo acto de desaparición realizado por cualquier actor armado debe ser repudiado y reiterando el sentido mensaje de la obra de Pablo Montoya, la sociedad no puede seguir siendo indolente ante esta violación a los derechos humanos.

 

HUGO RINCÓN GONZÁLEZ

Comentarios