Un Papa distinto

De inestimable valor están resultando los pronunciamientos del Papa Francisco. Tanto en los púlpitos y plazas como en sus escritos, y casi desde que fuera ungido como primera autoridad del Vaticano, ha estado mostrando una actitud que dista mucho de la de sus predecesores.

Hay en sus pronunciamientos verdades de todos sabidas, eso es cierto. La gran desigualdad social que hay en el mundo, por ejemplo, y a la cual critica con crudeza, es tema recurrente entre académicos y analistas.

Esa desigualdad es tan extrema que mientras unos pocos ciudadanos pueden darse el lujo de almorzar en Nueva York, gozar en Madrid de una linda noche y al día siguiente visitar el Hermitage, hay gentes en muchos lugares que mueren de física hambre.

En un mundo que da para críticas tan escabrosas, al tiempo que repetidas, tal vez no resulte de importancia que alguien más las diga. Sin embargo, en este caso las hace la suprema autoridad de una Iglesia que ha sido cuestionada por su connivencia con los gestores de esas injusticias e, incluso, por haber sido protagonista de muchas de ellas, y eso hay que valorarlo, sobre todo por venir acompañadas de censura a los culpables.

De esas censuras hacen parte las hechas en su Encíclica ‘Laudato Si’ a las explotaciones mineras, de las cuales dijo, tal vez mirando hacia La Colosa, que solo dejan “grandes pasivos humanos y ambientales, como la desocupación, pueblos sin vida, agotamiento de algunas reservas naturales, deforestación, empobrecimiento de la agricultura y ganadería locales, cráteres, cerros triturados, ríos contaminados y algunas pocas obras sociales que ya no se pueden sostener”.

En esta Encíclica hay también un ferviente llamado a la necesidad de proteger y “dignificar a la humanidad”, poniéndola a salvo de problemas como el de la degradación ambiental que produce la explotación y uso de combustibles fósiles, el de la decreciente oferta de alimentos, generada por el desconsiderado aumento de la producción de biocombustibles y maderables, así como de tantos otros problemas que igual inciden en el cambio climático, erróneamente tratado a través de estrategias como la compraventa de “bonos de carbono”, mediante los cuales, y por unos cuantos dólares, se traslada al tercer mundo la responsabilidad de remediar los problemas del calentamiento global.

En su visita a Suramérica, el Papa Francisco siguió con sus acertadas denuncias, pero ahora orientándolas hacia los problemas generados por el capital y su poder avasallador sobre el trabajo y dejando en manos de su Iglesia la tarea de salir del estado de confort en que se encuentra para que asuma un papel más transformador al lado de los más pobres. Ojalá lo asuma.

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