Abriéndonos al mundo

Llevamos varias décadas matándonos nosotros mismos y esto nos ha restado fuerza para proyectarnos como país, como cultura, como un actor importante en la escena global, o al menos regional.

Colombia tiene dos formas de ser que son antitéticas: por una parte tiene su centro cultural afuera, es decir, sus referencias de identidad están construidas sobre hechos histórico-políticos externos (la revolución francesa, la revolución rusa, el sueño americano, por ejemplo), en detrimento de sus propias identidades y señas; pero por la otra, es un país introvertido que mira más hacia adentro que hacia afuera. No en vano por algo dicen que somos el ‘Tíbet de Suramérica’.

Ambas lecturas son ciertas, al menos de forma parcial. Tradicionalmente no hemos tenido grandes oleadas migratorias, no ha habido mucha gente que venga ni mucha que se vaya; aunque es verdad que las cosas han cambiado. Se estima que en la actualidad hay más de tres millones y medio de colombianos que viven en el exterior, pero este es un hecho totalmente reciente que tiene apenas una década larga. No hemos tenido olas migratorias como sí las han tenido Argentina, México, Brasil o Venezuela. Con la excepción de los llamados ‘turcos’ en la Costa Caribe, las migraciones colombianas han sido internas. La colonización antioqueña, el repoblamiento de una parte de los Llanos por tolimenses y el desplazamiento de gente del caribe y del pacífico hacia el interior por razones de violencia, en especial agraria. Migraciones que han terminado por conformar lo que los gringos llaman el ‘melting pot’, una metáfora para describir la ‘merengada’ que surge de los procesos de asimilación de inmigrantes de diferentes culturas. Nuestro ‘melting pot’ no es resultado de una mezcla de culturas foráneas, sino de la amalgama de culturas regionales, todas colombianas.

Pero ese colombiano moldeado durante el siglo XX tiene un perfil bastante provinciano. Salvo algunas excepciones urbanas, el colombiano medio es por definición aldeano, poco enterado de lo que sucede en el mundo. La mirada se le agota en los linderos municipales o regionales. Su vida gira en estrechos marcos geográficos y culturales, y ahí se queda. Pero la vida aldeana, bucólica y pintoresca, tiene encanto pero también problemas; la atmosfera se vuelve pesada, con tendencia al inmovilismo, y lo peor, en ocasiones genera una subcultura antropofágica, se destrozan unos con otros porque no tienen ‘enemigos externos’ que los aglutinen. La competencia se vuelve interna, no externa. Es el típico caso colombiano. Llevamos varias décadas matándonos nosotros mismos y esto nos ha restado fuerza para proyectarnos como país, como cultura, como un actor importante en la escena global, o al menos regional. En otras palabras, el tiempo se va apagando incendios domésticos, peleas intestinas o pequeñas y mezquinas diferencias que disfrazamos de políticas, cuando en realidad son sólo luchas por el poder, cuando no de egos y vanidades.

El presidente Santos acaba de efectuar una visita oficial a Turquía. Puede que alguien la vea como una excentricidad o un simple acto de turismo presidencial. Pero no hay tal. Es una de sus gestiones de gobierno más importantes precisamente porque amplía el horizonte y hace que los colombianos tengan referentes políticos más allá de las cacaraqueadas diferencias con Ecuador o Venezuela. Turquía es un país estratégico, es la quilla entre Europa y Asia, tiene una personalidad bifronte, participa de dos culturas. La eliminación del visado a los colombianos es un paso trascendente que reivindica a Colombia como país y como pueblo. A ver si se enteran en Europa. Esta visita no debería pasar inadvertida por parte del sector empresarial colombiano. La cuna del imperio Otomano puede entrañar todo un mundo de oportunidades, y sobre todo, ayudarnos a forjar un perfil de colombiano más abierto, más cosmopolita, y por lo mismo mucho más auténtico. Así, felizmente, dejaremos de querer ser lo que sencillamente no somos ni seremos nunca.

Credito
GUILLERMO PÉREZ FLÓREZ

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