Farc, otro paso adelante

Sólo quienes le tienen miedo a la paz y creen que la única opción es perpetuar la guerra pueden negar que las conversaciones de La Habana están avanzando y que las Farc han decidido a jugársela políticamente. El cese al fuego unilateral e indefinido y su decisión de no reclutar menores de 17 años son muestras de esto. ¿Qué el país quiere más? Sí. El país quiere más, pero eso no significa que estas decisiones sean intrascendentes. En unos días se cumplirán los primeros dos meses sin acciones bélicas por parte de las Farc y para muchas regiones esto representa un alivio parcial pero alivio al fin.

El Gobierno tiene ahora mayor margen de maniobra para concretar un cese al fuego bilateral. Y ojalá lo consiga pronto. Las mayorías nacionales tienen claro que el proceso avanza y con seguridad estarán dispuestas a respaldar las decisiones y los acuerdos, que posiblemente no gozarán todos de aceptación pública. Quizás no se llegue a una paz perfecta, en el entendido de que algunos de los términos del acuerdo conllevarán concesiones en materia de impunidad y participación política. Pero con será más lo que en términos generales el país gane con la paz. El fin del conflicto es un presupuesto básico para un proyecto mayor como es la superación de la violencia y las injusticias. El silencio de las armas es el primer paso para que los colombianos puedan comenzar a hablar y a escucharse, que es la única forma de entenderse y buscar soluciones al cúmulo de problemas que tenemos.

La paz genera miedo e incertidumbre en muchos sectores, y es natural. Al fin y al cabo llevamos más de medio siglo de violencias y de conflicto armado. No conocemos lo que es vivir en paz. Y supongo que dentro de las Farc también hay hombres y mujeres que le tienen miedo a terminar el conflicto armado, pues muchos serán los cambios a los que tendrán que enfrentarse. En la manera de relacionarse, de pensar y sentir, en fin. Por ello es importante que haya disposición en los corazones de los colombianos para acompañar el proceso de abandonar las armas y renunciar a la fuerza como instrumento de resolución de las diferencias.

Si el país es inteligente, y yo creo que lo es, comenzaría a enviar ya más señales de disposición a la reconciliación y a preparar el camino para que las guerrillas se transformen en una organización política sin armas, organizadas democráticamente, a fin de que participen en la reconstrucción nacional. Todos somos colombianos, y, en consecuencia, debe haber lugar para todos, incluidas las guerrillas.

Luego de dos años y medio de diálogos puede decirse que las Farc han dado varios pasos en el camino del abandono de las armas. Desde luego, no pueden esperar que ello se traduzca de forma automática en un perdón y un olvido de sus crímenes y equivocaciones. Pero el país haría bien en comenzar a percibir a esta guerrilla de una forma diferente, como a un actor más de la escena política colombiana, aunque se esté en desacuerdo y no se comparta su ideología.

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