Reinventar la paz

El proceso de paz demanda reingeniería. A estas alturas no creo que haya quién lo niegue. El problema es que quienes pueden hacerla (el Gobierno y las Farc) están en bancarrota política. Según las encuestas el presidente Santos viene en barrena y las guerrillas continúan en el sótano. O sea que están negociando dos sectores impopulares, y esto es un problema grave, ahora que comienzan a marchitarse las esperanzas y a malograrse la poca confianza construida.

Pero hay otra cuestión más delicada, si cabe. La paz está perdiendo el carácter de urgente. Cada día crecen los sectores que piensan que lo mejor es seguir en el conflicto. Que el plomo es lo único viable con las guerrillas. Desde luego que quienes así piensan demuestran es que no entienden nada de lo que está pasando en el país, que no ven las verdaderas amenazas que nos asechan, como son los gravísimos problemas de seguridad ciudadana, justicia y violencia social, para hablar solo de tres cuestiones críticas.

El presidente Santos está dejando de ser el líder de la paz por quien el país votó hace apenas un año. Hoy no está en condiciones políticas de sacar el proceso adelante. Su capital se está agotando de forma acelerada y en cuestión de paz está sobregirado. La impopularidad es creciente y su margen de maniobra está prácticamente agotado. Cualquier concesión que haga a las guerrillas lo revienta. Esta es una de las razones por las que no avanzan las negociaciones en La Habana.

Las Farc por su parte, mataron el tigre de la guerra y se asustaron con el cuero. Después de decretar una tregua unilateral ejecutan un acto de barbarie como el del Cauca, con el peregrino argumento de que “Hay acciones ofensivas que tiene carácter defensivo”. Cuando les escuché decir eso, automáticamente pensé en George W. Bush, que enarboló la doctrina de la ‘defensa preventiva’ para hacer la guerra en Afganistán e Irak. Paradojas de la vida. Y qué decir de la ‘heroica acción revolucionaria’ del Eln en Norte de Santander.

La paz demanda un liderazgo que genere credibilidad y unidad nacional. Por eso creo que la Iglesia debería asumir el acompañamiento espiritual del proceso. Es imperioso desarrollar pedagogía ciudadana en torno al conflicto armado y solo la Iglesia puede hacerla. Además, se necesita restaurar el alma nacional, crónicamente intoxicada por décadas de violencia y odio. El proceso de paz tiene que ser algo más que una negociación entre el Gobierno y las guerrillas. Debe ser, sobre todo, un ejercicio colectivo de perdón y reconciliación . Sin esto es casi imposible una solución negociada al conflicto.

Desde luego que para que funcione los diálogos funcionen las Farc y el Eln deben interrogarse sobre si están dispuestas o no a renunciar a la guerra. Mientras crean que la lucha armada es el camino, fácilmente sucumbirán a la tentación de la violencia y de las armas. Es preciso que lo digan con absoluta claridad. El país está esperando que expresen sin ambages que no creen ya en la guerra y que renuncian a las armas. Si lo hacen, el pueblo y la comunidad internacional les acompañará y blindará contra toda mezquindad y ánimo de vindicta. En sus manos está darle posibilidades a una paz que necesita reinventarse para superar la compleja maraña de obstáculos jurídicos y políticos para volverse realidad.

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