Sí a pena de muerte a violadores

Sé que todos estaremos de acuerdo en decir que esta época de reencuentro familiar, de reflexión, de descanso, debería ser para hablar de temas blancos, bonitos, que reconozcan lo bueno que tenemos como seres humanos y hacer aflorar los mejores sentimientos y propósitos. Pero infortunadamente la realidad del país nos obliga a hablar de temáticas que pueden sonar desagradables o discordantes con la época.

El aterrador, detestable, horrendo y execrable caso de los cuatro niños, uno de ellos una bebé de 17 meses, abusados sexualmente en el barrio Meissen en Bogotá nos debe poner alertas y con los nervios de punta. Lo digo porque por estos días los niños suelen estar más en la calle, en visitas, novenas de barrio y se cruzan con cuanto borracho, drogadicto o pervertido esté suelto por allí en su cuadra, barrio o conjunto, donde pueden ser presa de éstos.

No cabe duda de que tiene razón el senador conservador Telésforo Pedraza al afirmar que es una pena que en Colombia no exista la pena de muerte para violadores de menores de edad, no se puede medir el dolor y el daño que para su vida puede causar un hecho de esos. Y que bien iniciativas como las que propone el presidente del Congreso de la República, David Name, con su partido de La U, para discutir en la próxima legislatura que la pena para los violadores y abusadores sea la cadena perpetua.

Es que nuestros niños, niñas y adolescentes parecieran estar en peligro inminente y que nosotros fuéramos un país enfermo por acción o por omisión frente a dichos dramas. Según cifras del Instituto de Medicina Legal, en 2102 fueron 12 mil 173 casos los que se registraron de violencia infantil; el año anterior (2013) los casos fueron de 16 mil 457. Por su parte, Las cifras del Instituto Colombiano de Bienestar Familiar dan cuenta de que en promedio 45 niños ingresan por día a protección del ente, ya sea por violencia, abuso sexual o maltrato.

Datos publicados de la organización no gubernamental Aldeas Infantiles señalan que nuestros niños están en riesgo de abuso sexual entre los cinco y los nueve años, y las niñas entre los 10 y 12 años, tienen el periodo de mayor riesgo.

Por eso, el mejor regado que podemos dar en esta Navidad a los menores en Colombia es su vigilancia y cuidado permanente, el resguardo constante para que el descuido por las festividades no sea cómplice de esos bellacos, que pueden estar agazapados esperando el momento para violentarlos.

Poner mucha atención a los pequeños, estar atento a lo que dicen, cómo actúan, a cambios de repentinos de comportamiento o humor y a dialogar con ellos prestándoles la debida atención también es muy importante. De nosotros depende su bienestar no sólo físico, sino espiritual, relacional y sentimental. Ese es el mejor y más bello obsequio decembrino.

Por último, y ahora sí para no desentonar con la época hablando de cosas tristes o preocupantes, espero que el Niño Dios traiga a cada uno de sus hogares mucha paz, armonía, entendimiento, amor, ricuras para el paladar, risas y momentos agradables para recordar.

No olviden hacer una obra de caridad física o espiritual a alguien; puede ser cercano o lejano, conocido o desconocido; a una sola persona, nunca piensen y pierdan tiempo calculando que deberá ser a un grupo numeroso, un barrio entero o 200 personas, basta con escoger a una persono o una familia; el mundo se trasforma por los cambios individuales, pequeños y de a uno. Esa fue la gran lección de Jesucristo, que de a poco, con mucho esfuerzo, de adentro hacia afuera encontraremos la paz. Feliz Navidad para todos y todas.

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