Cien años de oires y decires

De los voceros de la economía, la organización social, la cultura, la educación y, sobre todo, de la “política”, en el Tolima oímos y leemos a diario millones de palabras que coinciden en la preocupación, sincera o falsa, por los graves problemas socioeconómicos que padecemos los tolimenses, palabras que, con distinto enfoque, revelan ideas, proyectos y compromisos para corregirlos. Contados a la bartola diría que por 25 mil días he venido oyendo y leyendo (igual he dicho y escrito, para sumar) trillones de palabras que a la postre nada corrigieron. Setenta años de oires y decires estériles es una eternidad y no dudo que, salvo una profunda escisión histórica, cuando menos serán 11 mil días más (30 años) de palabrería infértil.
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En retrospectiva y prospectiva, sería un siglo de culpas por acción u omisión que mantienen y mantendrán al Tolima en un penoso e inmerecido lugar en todo escalafón de prosperidad, modernidad y en buen vivir. Otros dirán cosas diferentes, pero yo digo que en siete décadas fui testigo y beneficiado de condiciones mejores a las hoy vividas: calidad de vida; gobiernos más capaces y rectos; empleo estable; cultura más auténtica; oportunidades reales; familias más unidas; menos desigualdad, menos inseguridad, menos emigrantes; menos arrogancia, frivolidad y narcicismo; una mayor industria propia; más libertades; infraestructura vial y de servicios apropiada para esos días. Hasta la pobreza era digna. ¿Cuándo “se jodió la cosa”?

Achacan a la violencia de los 50 los males actuales y muestran al Frente Nacional como una genialidad que trajo la paz para así ocultar que, desde esos tiempos, paz nunca hubo porque acabar la inequidad no era su fin. Lo que hizo el FN fue abrir la “caja de pandora” para liberar tanta plaga que sufrimos: politiqueo falso y miope; clientelismo; nepotismo; gamonalismo; egolatrías; privilegios; “colonialismo intelectual” y otros males que, esos sí, son sostenibles por la desbordada corrupción que carcome la posibilidad de que Colombia camine hacia la justicia social. Hoy sufrimos un tragicómico atraso untado de modernidad porque olvidamos el espíritu de trabajo, al acervo moral y al apego a su tierra que tenían nuestros mayores. 

En los ochenta nacieron las hegemonías y con ellas la ineptitud y la indecencia que paralizó al Tolima, razón por la cual hoy existe la misma infraestructura que había hace 40 años, pero sí se ha multiplicado el desempleo, el daño medioambiental, la dependencia, la inseguridad, y, sobre todo, la desunión de los tolimenses, porque los gamonales practican bien el consejo cesariano de “dividir para reinar”. ¿Qué podríamos esperar en los próximos treinta años?

Sin duda trillones de palabras necias y mucho más de lo mismo, salvo que escuchemos más a los tolimenses y menos a “personajes y personajillos” foráneos, un esnobismo que impide valorar y potenciar el pensamiento regional, mejorar la autoestima colectiva, descorrer la venda que nos lleva al abismo y abrir la gran conversación entre tolimenses acerca de cómo reinventar la política regional para salir de la prehistoria y ser gestores de la nueva historia.

ALBERTO BEJARANO ÁVILA

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