Mucho más que buenas intenciones

La llegada de Alejandro Gaviria a la carrera presidencial enaltece el debate político: lo llena de contenido y eleva el nivel argumentativo. Aunque personalmente tengo una profunda admiración por su pensamiento complejo y escéptico, su permanente defensa del liberalismo y el humanismo (de hecho, así se llama su último libro), y el franco reconocimiento de los dilemas éticos que envuelven la vida, la sociedad, la economía y la política, lo que sirve para reflexionar sobre soluciones desde una perspectiva que rebase lo meramente técnico, creo que es muy temprano para determinar si verdaderamente su figura encarna una opción de cambio para el país, esto es, porque una cosa es comprender las realidades y los problemas, pero otra muy distinta es estar dispuesto a echar andar reformas que encuentren una oposición radical por parte del establecimiento, en sus palabras, de esos “poderes paralizantes” que han carcomido a Colombia y la tienen sumida en los máximos niveles de corrupción, pobreza e inequidad.
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Nuestro país es campeón en mantener vigente un modelo colonialista en el qué explícitamente se reconoce que todos somos iguales ante la Constitución y la ley, pero implícitamente se acepta que haya millones de excluidos y privados de las condiciones mínimas para lograr avanzar en términos de desarrollo humano, mientras se mantienen los privilegios para una pequeña élite burguesa dueña de todo y con el poder suficiente para evitar que nada cambie. Esa concentración de riqueza y poder que produce inmensas carencias en el grueso de la población y que hoy tienen a más de 21 millones de colombianos en situación de pobreza y 7 millones y medio en situación de indigencia, solo se podrá empezar a resolver con reformas profundas y eso, insisto, encontrará una barrera poderosa erigida por las élites económicas y políticas dispuestas a no dejarse quitar los privilegios. A esas élites no les conviene la reforma agraria, los cambios en los modelos de salud y pensional, el cambio de enfoque en la lucha contra las drogas de uso ilícito y en consecuencia la recuperación de tantos territorios que hoy están en manos de grupos narco paramilitares sembrando muerte y terror para monopolizar el negocio. 

Tampoco les gusta que se disminuya presupuesto a la guerra para invertirlo en educación, ni la transición hacia el cambio de la matriz energética, ni el cumplimiento de los acuerdos de paz, entre otros. Ese muro será protegido por enemigos radicales del cambio y solo podrá ser derribado por un poder popular, con carácter firme y una decisión inquebrantable de transformar las injusticias en oportunidades para los millones de excluidos. Un poder que no le deba ni le tema al establecimiento, que se deba a los ciudadanos, la clase trabajadora  y, en mi concepto, el único que hoy representa esa posibilidad real de cambio se llama Gustavo Petro.

Hay que dar oportunidad para que los candidatos (todos) muestren su criterio, talante y las propuestas de cambio para el país. Gaviria será un nuevo actor que seguramente ayudara a nutrir el debate con ideas transformadoras. Sin embargo, para lograr los cambios aplazados históricamente se requiere mucho más que las buenas intenciones.


 

CESAR PICON

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