La ciudad repleta

De la noche a la mañana Ibagué parece haber visto incrementada de manera extraordinaria su población y el parque automotor. Aunque no hay cifras oficiales que respalden la anterior afirmación (no hay censos ni encuestas que lo determinen), cuestiones evidentes como la inusual congestión vehicular, el exagerado aforo en restaurantes, cafés, bares, centros y zonas comerciales, entidades bancarias y, en general, en la calle, testifican que esta ciudad está repleta de gente y de carros, algo que hasta hace poco solo se veía durante los fines de semana con puente festivo o en épocas de vacaciones.
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La explicación lógica podría estar relacionada con la migración interna (si se me permite el término) por efectos de la pandemia. Es probable que durante los últimos meses o quizá el último año, esta ciudad se haya convertido en residencia permanente de muchos foráneos y de ibaguereños que decidieron retornar huyendo de las restricciones y los mayores niveles de contagio de las ciudades más grandes. Aunque, reitero, no se conoce la magnitud de ese fenómeno, vivir fuera de las grandes urbes se convirtió en una tendencia para quienes el teletrabajo les permitió ir en búsqueda de espacios habitacionales más amplios, menos trafico, contacto con la naturaleza, un costo de vida menor y un clima confortable. Puede ser que, la misma disminución de la tasa de desempleo que reportó esta ciudad en el último informe del Dane, esté asociada a la llegada masiva de familias que, con empleo y capacidad adquisitiva, pueden estar generando empleos derivados y favoreciendo el consumo en distintos sectores de la economía: compra o arriendo de viviendas, transporte, comida, servicios públicos, entretenimiento, etc.

A todas luces el incremento inusitado de la población es una gran oportunidad para el crecimiento y desarrollo de la ciudad. Investigar las características de este fenómeno es una tarea imprescindible que hoy tiene el Gobierno local, las universidades y la Cámara de Comercio: ¿Cuánta gente ha llegado y de donde procede?, ¿cuán estables son sus empleos o que tipo de emprendimientos traen?, ¿cuál es su capacidad adquisitiva?, ¿cuáles son sus planes a futuro?, ¿qué percepción tienen de la ciudad y que tanto interés muestran por quedarse por un tiempo prolongado?

La respuesta a esas y otras tantas preguntas ayudarían a entender mejor la posible nueva realidad urbana (y porque no, la rural) de esta ciudad intermedia y anticipar soluciones a situaciones problemáticas que puedan presentarse. En otras palabras, posiblemente haya que modificar prioridades en función de las presiones originadas por el presunto “bono demográfico pandémico”. ¿Cuántos cupos de colegios se necesitarán el año entrante?, ¿Cuántas viviendas y de qué tipo hay que ofertar?, ¿es suficiente la capacidad hospitalaria que actualmente tenemos?, ¿habrá que modificar el pico y placa o quizá introducir nuevas 

medidas para evitar el colapso de la movilidad?, ¿qué oferta cultural, deportiva y recreativa ofreceremos para quienes han vivido siempre aquí y ahora para los nuevos vecinos?, ¿cómo se promocionará la ciudad para que sigan llegando tele trabajadores o emprendedores que buscan una mejor calidad de vida? Hay que reaccionar de manera oportuna a los cambios impuestos por el Covid, sobre todo si se puede sacar provecho en términos de dinámica económica y empleo. Convertir en oportunidad lo que hasta hace poco veíamos como amenaza.

 

CÉSAR PICÓN

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