Bajar el tono

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Los ataques a candidatos presidenciales pasaron de los insultos en las redes sociales a la agresión física. Esas situaciones hacen recordar la violencia de los años ochenta y noventa. ¿Qué está pasando?

El pasado 2 de febrero ocurrió el primer ataque violento a un candidato presidencial en estas elecciones: la víctima fue Rodrigo Londoño, hasta la semana pasada el aspirante por la Farc. En Armenia su camioneta no pudo volver a arrancar por cuenta de una turba que atacó el vehículo, y en Cali militantes del Centro Democrático participaron en una movilización que terminó convertida en una lluvia de huevos y botellas de plástico. Varios niños salieron lastimados.

Que Timochenko tiene una desfavorabilidad altísima no es un secreto. Según la más reciente encuesta de Invamer para Semana, Blu Radio y Caracol, el 69 por ciento de los colombianos no lo quiere ver ni en pintura. Sin embargo, una cosa es la desaprobación de un candidato y otra la intolerancia frente a su presencia en un proceso electoral. De hecho, algunos críticos del proceso de paz, como Germán Vargas Lleras o Juan Carlos Pinzón, han insistido en que a la Farc hay que ganarle en las urnas y no en la calle.

Pero las agresiones, que recuerdan en algo los indicios que advierten riesgos más graves de violencia, no van solo contra la Farc. Semanas después los ataques afectaron al uribismo, cuando un grupo arrojó piedras, palos, tomates y hasta materia fecal a una sede de campaña del Centro Democrático en Bogotá. Días después, en Popayán, varias personas le lanzaron palos y ladrillos a la caravana en la que iban el senador Álvaro Uribe y su candidato a la Presidencia. Hubo lesionados.

En la orilla de la izquierda, otro incidente agitó la campaña. Hace diez días, la camioneta de Gustavo Petro recibió tres pedradas en Cúcuta. Y los desórdenes fueron de tal magnitud, que la Policía tuvo que hacer disparos para dispersar a los manifestantes. El viernes, la Fiscalía anunció tener graves indicios de que el ataque al candidato no fue espontáneo, sino una operación planeada y pagada por algunos de sus contradictores.

Desde hace ocho años la polarización se ha profundizado. Y en 2016, el Plebiscito por la Paz dejó al país fracturado en dos: los que lo apoyaron, y los que no. No obstante, ni siquiera en la campaña de 2014 el país había llegado a estos extremos de crispación y odio. Los insultos fueron subiendo de tono, se salieron de las nubes digitales y pasaron a convertirse en agresiones físicas.

Varias razones explican que la campaña esté al rojo vivo, y que los contradictores estén volcando a la calle su indignación y su odio. Una primera tiene que ver con las realidades políticas y sociales que suelen configurarse después de que los países firman procesos de paz. “Es normal que después de un acuerdo entre grupos armados al margen de la ley y el Estado, fuerzas oscuras afloren por diferentes motivos”, asegura Jorge Restrepo director del Centro de Recursos del Análisis de Conflictos (Cerac). En consecuencia, la emergencia o visibilidad de nuevos actores armados que buscan copar espacios dejados por la Farc sería una de las causas del aumento de la violencia política. Según los investigadores de este instituto, enero pasado fue el segundo mes con más asesinatos por motivaciones políticas después de mayo de 2011. En lo que va del año, los homicidios políticos llegan a 38.

Además de los asuntos relacionados con el posconflicto, están los que tienen su origen en los nuevos canales de comunicación de la política. María Fernanda González, experta en Discurso Político y autora del libro ‘Los pretendientes de la Casa de Nariño’, anota que ninguno de los candidatos en contienda tiene discursos que apelan a la violencia. Sin embargo, la mayoría de ellos son enfáticos y radicales para referirse a sus contendores. Desde la izquierda ven a la derecha más con miedo que con desprecio. Y desde la derecha, conciben la izquierda como una amenaza a la democracia, ligada al terrorismo y a la realidad política de Venezuela. Esas estigmatizaciones no se habían visto desde épocas previas al Frente Nacional, cuando el odio entre liberales y conservadores era el principal motor de la plaza pública.

La fuerza de ese discurso, lleno de prevenciones y asociaciones negativas contra el otro, tiene un impacto directo en la ciudadanía y en las redes sociales. Está demostrado que el mundo digital es el escenario ideal para las agresiones y la posverdad. Y allí, en particular, los candidatos hacen aseveraciones polarizantes, e incluso falsas.

El semiólogo Armando Silva plantea que Colombia pasa por un momento de exaltaciones fanáticas desde la perspectiva de quienes atacan y son atacados. Estas exaltaciones se deben a que la violencia y la tragedia fortalecen la crispación y también permean la propaganda política. Mientras el Centro Democrático saca una cuña con la voz de un venezolano diciendo que el uribismo es el único que puede evitar que Colombia se convierta en una Venezuela, Petro culpa al sistema de que alguien agreda su carro con una piedra. “Vemos a Petro mostrándose como un posible mártir como lo han sido algunos antecesores acribillados por sus convicciones políticas antisistema”, asegura Silva. Insiste en que la cuña del venezolano y la posición del exalcalde favorecen la radicalización y la estigmatización de los demás. Hay quienes creen, sobre todo en la orilla de los estrategas políticos, que las tensiones actuales no se deben al discurso o el tono político de los candidatos, sino a que estos son más mediáticos. “Desde siempre a concejales, aspirantes al Congreso, y a diferentes políticos les han gritado, tirado huevos y escupido. La diferencia es que son mucho menos mediáticos que personajes como Uribe y Petro”, cree Camilo Rojas, asesor de campañas al Congreso y a la Presidencia. No deja de ser una paradoja que la primera campaña que se lleva a cabo en Colombia sin el riesgo de la violencia del conflicto interno –cuando la guerrilla saboteaba las elecciones– genere tanto temor de otro tipo de agresiones, las de ciudadanos agresivos y radicalizados por sus pasiones políticas. Ese peligro ha llevado a que el presidente Santos convoque, la semana entrante en Palacio, a todos los candidatos presidenciales –incluidos los de oposición– para conminarlos a bajar el tono y asumir posturas moderadas. ¿Lo logrará?

EL NUEVO DÍA

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