Educar para pensar

Andrés Forero

Previo a la agitación desatada por los últimos acontecimientos, volvió a ser tema de discusión en el escenario político, la polémica iniciativa parlamentaria encaminada a sancionar severamente lo que algunos llaman ideologización desde las aulas por parte de los maestros.
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El tema que suma más detractores que amigos por considerar que trasciende la delicada línea de los derechos fundamentales no merecería ni siquiera ser estudiado, si la realidad nacional fuera otra.

Sin embargo, aparece justo cuando el estallido que enfrenta el país y las acciones violentas y vandálicas en las calles tienen principalmente como protagonistas a los más jóvenes.

Pues bien, si una lección importante dejan los hechos es que como en ningún otro momento de nuestra historia reciente, resulta una tarea fundamental forjar una ciudadanía consciente.

Hay una deuda inmensa de la escuela y la universidad en el fomento del pensamiento crítico. Pero ese esfuerzo debe conducir a entregar herramientas para que el niño o el joven saque sus propias conclusiones sobre la base de una formación ética y moral, que tiene raíces afincadas en la familia.

Lo que no se debe tolerar bajo ninguna circunstancia es convertir la escuela o el colegio en centros de adoctrinamiento donde se instruya en el anarquismo, las rancias posturas de la izquierda o donde se promuevan el antisemitismo o el odio racial de la extrema derecha.

Hay que enseñarle a las nuevas generaciones a pensar, finalmente para eso deberían ir a las aulas, antes que para ser contenedores de información.

Un buen primer paso sería aprender a diferenciar entre la información real y fake, que circula en redes sociales y a dar posiciones argumentadas que vayan más allá de una moda o una tendencia.

Para ello el camino inequívoco debería ser el del fomento de la cultura lectora, donde tenemos profundas debilidades.

Ya lo decía Joseph Brodsky en su discurso de aceptación del Nobel:

“No estoy llamado a sustituir el estado por la biblioteca, aunque esta idea se me ocurría varias veces, pero no tengo duda que si hubiéramos elegido a nuestras autoridades basándonos en su experiencia de lectores y no en sus programas políticos en la tierra habría menos dolor [...] por la simple razón de que el pan de cada día de la literatura es justamente la diversidad y disformidad humana; ella, la literatura, resulta ser un antídoto eficaz contra cualquier intento, ya conocido o futuro de un enfoque uniforme y masivo en la resolución de los problemas de la existencia humana. Por lo menos, como un sistema de seguro moral, ella es mucho más eficaz que uno uno u otro sistema de creencias o doctrina filosófica”.

Leer para no matarnos, leer para no buscar vengar con sangre el daño sobre la humanidad de otros, leer para no pensar que reivindicamos 500 años de desigualdades destruyendo partes de nuestra historia, echando a perder piezas que en sí mismas son patrimonio artístico por encima de sus connotaciones ideológicas.

Leer para llegar a otra conclusión ‘brodskyana’: “para una persona que ha leído mucho a Dickens disparar contra su semejante en nombre de cualquier idea, sería más difícil que para una persona que no ha leído a Dickens”.

ANDRÉS FORERO

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