El pensamiento como obsesión

Hace 47 años, en el diario El Espectador, el arquitecto tolimense Alberto Mendoza Morales inició la publicación de una serie periodística que casi terminó convertida en una empresa. La idea surgió en un diálogo de Mendoza con su amigo Fidel Cano Isaza, quien lo estimuló a investigar el ADN de su patria y el de sus respectivas entidades territoriales. El resultado de aquella iniciativa fue la serie denominada “Anatomía de un país”, que su autor complementó con la “Anatomía de las regiones”.  
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Nacido en Ibagué, Mendoza se hizo bachiller en el histórico Colegio de San Simón y se formó como arquitecto en Chile. Allí conoció a Huidobro, a Neruda, a los Edwards, pero también a connotados académicos de la arquitectura que premiaron su trabajo de grado. Frecuentó sitios de bohemia culta que le ayudaron a consolidar una vocación por el ejercicio de las ideas, por el buen manejo del idioma, por el debate inteligente. Se volvió un hombre metódico, riguroso, organizado. Quizá exageraba en el orden de las cosas.

Fui su compañero en el Concejo de Ibagué. Algunos años después nos cruzamos en el campus de la Universidad Nacional donde cada uno dictaba cátedra en su respectiva escuela, y más tarde en otras labores académicas que él cumplía en la Sociedad Geográfica de Colombia y yo en la Academia Colombiana de Jurisprudencia.

Me parecía un poco solitario y un mucho viajero. El ex gobernador del Tolima Néstor Hernando Parra y el ex senador de la República Ernesto Rojas Morales fueron dos de sus más cercanos amigos. Los tres conformaron un equipo que coincidía en las ideas liberales, en la defensa de la ética pública y de la transparencia política, en su admiración por el presidente Carlos Lleras Restrepo. Mendoza era un intelectual a quien le gustaba aprender, pero también enseñar y hacer uso de lo que llamaba “diálogo cooperativo”.

En su obra “Protagonistas del Tolima siglo xx”, el escritor Carlos Orlando Pardo encabeza el apartado respectivo así: “Alberto Mendoza Morales o el pensamiento como obsesión”. En efecto, Mendoza era, ante todo, un intelectual. Vivía pensando y vivía como pensaba. Privilegió dos disciplinas: la arquitectura y la geografía. Pero también amaba la música, la historia, la cívica, incluso la política. Tenía una especial vocación ciudadana.

Defendía la participación de las comunidades locales en la toma de las decisiones que la afectaban. Suscribió el principio participativo y lo estimuló como un compromiso social de las personas. Crítico del poder y, sobre todo, de su abuso, encontró en el libre examen la categoría que lo llevó a rechazar su concentración en manos de los gobernantes.

Tal vez por eso alineó sus ideas para la organización social en torno al principio de la descentralización. Lo entendió como presupuesto insustituible para garantizar la gobernanza. Alguna vez le oí una frase que decía haber recogido de los indígenas de la Sierra Nevada de Santa Marta: “El ordenamiento territorial tiene dos partes: una espiritual y otra física. Ordenar el territorio requiere ordenar el pensamiento”. 

Alberto Mendoza vivió en distintos países durante más de quince años. Trabajó en áreas como la planeación, la vivienda, el urbanismo. Dictó clases, pronunció conferencias, dirigió seminarios, escribió libros. La Sociedad Geográfica fue su hogar profesional y el Tolima su sede espiritual permanente.

AUGUSTO TRUJILLO MUÑOZ

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