El color de las instituciones

Camilo Ernesto Ossa Bocanegra

Son la credibilidad –o la falta de ella-, la inclusión –o exclusión- de las instituciones, los elementos que determinan la delgada línea que separa a un territorio del crecimiento y el desarrollo de la pobreza y el decrecimiento, buscando generar un sistema que provea la generación de valor agregado para toda la sociedad.
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Desafortunadamente aquí lo que impera es el desprestigio institucional. Sólo por citar un par de ejemplos para contextualizar lo que ocurre, recordemos que, en días pasados, pudimos observar un video donde la comunidad, cansada de los hurtos en el sector, decidió, al momento de atrapar un ladrón, tomar justicia por propia mano y propinarle una golpiza, una Ley del Talión originada por la ineficiencia institucional, pues pasamos de un deber ser de las cosas –entregar el ladrón a la Policía para que posteriormente pueda ser judicializado-, a un ser de las cosas –darle la golpiza y que coja escarmiento- una clara consecuencia de la insatisfacción que existe, de parte del ciudadano, hacia las instituciones.

Hemos visto también, reportajes y videos sobre ciudadanos al interior del transporte público en Bogotá portando armas blancas con el fin de defenderse de los atracadores, un estado absurdo al que nos ha arrojado la desconexión entre el gobernante –manejo de la seguridad ciudadana- y el administrado –incredulidad sobre el actuar de las autoridades- y ¿el resultado? Actuar de forma individual frente a un problema que debe resolverse desde lo general y desde lo público, con graves consecuencias como la proliferación y la normalización de la violencia como mecanismo para resolver los problemas que nos aquejan como sociedad y como Estado.

Crawford & Ostrom definen a las “instituciones” como prescripciones acerca de qué clases de acciones –o estados de cosas– son requeridos, prohibidos o permitidos en la realidad, sin embargo, el principal valor de la institución para poder predeterminar una acción o una prohibición, es la legitimación, no solo legal, sino también ética y moral, que da el ciudadano a las determinaciones de la institución y, obvio, a quién la dirige.

Y es que las decisiones del gobernante de turno no escapan de la necesaria legitimación ciudadana para que puedan ser adoptadas, ya lo vimos la semana pasada en relación con el aviso de “Ibagué” que fue pintado de azul, donde las manifestaciones de los ciudadanos no se hicieron esperar y realizaron el correspondiente control social en señal de rechazo y no es una reacción exagerada por un “aviso”, como lo han manifestado para deslegitimar la protesta, es la suma de todas aquellas acciones que le restan credibilidad al actuar de la Administración municipal, como por ejemplo la “polémica” licitación para el coliseo cubierto o las aglomeraciones propiciadas por la Alcaldía en el primer día de las novenas navideñas. La legitimación no es por lo que puede hacer sino por lo que debe hacer, esa es la diferencia entre el éxito y el fracaso institucional.

Recordemos que, si queremos generar altos grados de aprobación y credibilidad institucional por parte de la ciudadanía, debemos pasar del ser, al deber ser, reduciendo la incertidumbre frente a las acciones que se toman, para alcanzar niveles de crecimiento y desarrollo. ¡Pilas con eso!

CAMILO ERNESTO OSSA B.

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