Una carta para Adriana Magali

Hay momentos que definen la vida de las personas y de los pueblos. Creo que usted y el Tolima atraviesan uno de esos. Robert Frost, en su bello poema “El camino no elegido”, equipara la vida con una sucesión de bifurcaciones donde debemos optar por una senda u otra, ya que no es posible transitar por ambas a la vez. Del camino que se escoja dependerá la existencia.
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Quizá usted no sepa lo que fue la década del narcoterrorismo. Asesinatos de policías, periodistas, jueces, líderes políticos y candidatos presidenciales. El Estado y la sociedad encararon el mayor desafío de su historia. Durante esa época muchos dirigentes miraron hacia otro lado, mientras un puñado de aguerridos y consecuentes líderes ponían el pecho y arriesgaban sus vidas. Así, cayeron Rodrigo Lara Bonilla y Luis Carlos Galán. Jamás se me borrará la cara de tristeza, desconsuelo y temor que exhibió mi hijo la noche del 30 de abril de 1984 cuando llegué a mi apartamento y consternado me dijo: “Papito, mataron al señor de la Justicia”. La tragedia de esos días es inenarrable. Bombas en Medellín y Bogotá; asesinato de candidatos presidenciales y de líderes sociales en la más oscura alianza de narcotraficantes, paramilitares, políticos y agentes del Estado; la voladura de un avión en pleno vuelo, en el cual perdieron la vida 107 personas. Lo más abominable fue ver políticos recibiendo dinero del narcotráfico. Entre ellos, el tristemente célebre Alberto Santofimio con los Rodríguez Orejuela, quien optó por acogerse a sentencia anticipada.

Hay quienes quieren restarles gravedad a estos hechos, y argumentan que este señor ya pagó sus delitos y tiene derecho a la resocialización y al perdón. No es verdad. No ha terminado de pagar sus delitos. Sobre él pesa aún una condena por el crimen de Galán, y subsisten dudas sobre el de Lara. No ha pedido perdón público ni ha reparado a la sociedad tolimense, que lo colmó de honores; no ha contado toda la verdad, de hecho, persiste en negar sus vínculos con el narcotráfico. Es un mitómano compulsivo. Tampoco ha dado garantías de no repetición. Sus delitos y yerros éticos y morales no son para tomarlos tan a la ligera, como si se hubiera robado un pandeyuca. Actualmente, se habla mucho de justicia restaurativa, en contraposición a la punitiva, pero la base de aquella son la verdad, la reparación y las garantías de no repetición.   

Usted dice que el encuentro fue casual. Al parecer, ese día hubo muchas casualidades. La concurrencia de ustedes dos, la asistencia de periodistas, la disposición de la silletería, la presencia de otros políticos. Se le veía a gusto, cómoda y sonriente. Pero bueno, quiero creerle. Fue casual. Por eso voy a hacerle dos preguntas: ¿Cuántos otros encuentros ‘casuales’ ha tenido con el exconvicto? Y otra: ¿Está dispuesta a rechazar su apoyo, como Ramiro Lozano en 1991, y el de todo aquel que haya sido sentenciado o sobre quien exista una imputación penal? Usted tiene posibilidades de representar el departamento, y le haría un inmenso daño al Tolima que su nombre se asociara con este tipo de personajes. No agregue más apellidos al suyo, como lo hizo en su campaña a la Cámara, cuando se presentó como “La de Barreto”. Pero, claro, es libre de elegir su camino. Le recomiendo el poema de Frost. 

 

GUILLERMO PÉREZ FLÓREZ

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