Los jefes naturales

En casi todo partido existe la curiosa figura del “jefe natural”.
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El jefe natural es aquel personaje prominente de la colectividad al que se le deben acatar todas sus directrices, y con las mayores reverencias, ya que es el que en sí mismo compendia el mayor carisma, la suma máxima de inteligencia, la habilidad sin límites y demás virtudes que se hacen indispensables para orientar con éxito a una colectividad de hombres y mujeres de carácter tan disímil que solo alguien así dotado podría dirigir. Al menos eso se les ha hecho creer a las bases de los partidos que con tales jefes cuentan.

La verdad es que esos “jefes naturales” no son más que la correa de transmisión entre el partido y los que en realidad sí son sus jefes, los señores del gran capital, que son los que verdaderamente definen la línea gruesa de la política nacional y se la imponen a los partidos que están bajo su dependencia. En tal sentido, “el jefe natural” no es más que el portador del “lubricante” con que se ha de engrasar la maquinaria partidaria para que funcione como debe ser.

Por fortuna, todos los partidos no están cortados con la misma tijera. Con otras costuras están hechos, por ejemplo, los partidos de corte marxista leninista, los cuales están constituidos para impulsar las transformaciones que permitan a los integrantes de la sociedad su más pronto acceso a la mayor felicidad posible. Tan comprometedor propósito obliga a estos partidos a ser más acertados en sus decisiones, lo cual es imposible lograr mediante las formas tradicionales de tomarlas, las de ordeno y mando, que son las propias de los susodichos jefes naturales.

Eso llevó a Lenin a definir unos principios de organización partidaria muy especiales, dos de los cuales involucran una nueva forma de tomar decisiones: los principios de dirección colectiva y centralismo democrático, mediante los cuales se dificulta la aparición de reyezuelos subalternos, que es lo que realmente son los tales jefes.   

En este momento se está fraguando un gran frente unitario y popular para cambiar al inquilino de la Casa de Nariño y renovar el Congreso. El nacimiento del Pacto Histórico y de la Coalición de la Esperanza, cuyas fuerzas conformantes están trabajando unidas en el Tolima, dan motivo para el optimismo. Tratándose de una alianza que no tendría intereses distintos de los de sus colectividades, no necesitaría de nada que la conecte con ningún suprapoder, y eso hace inocua la presencia en su seno de jefe natural alguno. Mientras no haya quien pretenda avocar tal condición, será más fácil concretarla. Ojalá así sea. El momento lo exige. 

RODRIGO LÓPEZ OVIEDO

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