No vemos que no vemos y olvidamos que olvidamos

Esta afirmación aparentemente críptica refleja una de las condiciones más interesantes de la anatomía humana. Todos tenemos un punto ciego en nuestros ojos; está situado en donde se encuentra el nervio óptico.
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Allí se recogen los estímulos visuales que trasmiten los receptores, llamados bastoncillos, pero estos no se encuentran en donde está el nervio, puesto que el espacio ya está ocupado. Por lo tanto, no podemos observar las imágenes del mundo que llegan precisamente a esa parte de nuestro ojo. Allí está nuestra ceguera. Pero lo que es fascinante es que no nos damos cuenta de que tenemos un punto ciego. Por ello, no vemos que no vemos.

Algo similar ocurre a nivel cognitivo cuando no sabemos que no sabemos, en particular cuando olvidamos que olvidamos. Veamos un ejemplo. Si no recordamos en dónde dejamos las llaves de nuestro auto, tendremos una contrariedad momentánea mientras hacemos un esfuerzo por rememorar. ¿Pero qué ocurre si olvidamos que olvidamos las llaves? Simplemente no las buscaremos, ni siquiera nos haremos la pregunta de dónde están. Es este un modo de olvido más profundo que nos lleva a comportarnos como si nada extraño estuviera sucediendo; seguimos nuestra vida adaptándonos a las circunstancias. Somos resilientes, dicen algunos. Esta es la crueldad del Alzheimer.

Menciono lo anterior porque pareciera que las circunstancias que estamos viviendo respondieran a los síntomas de esta enfermedad a escala social. El sinsentido de acciones violentas que se desprenden de marchas pacíficas, como la destrucción de bienes públicos que obligarán a grandes inversiones mientras se reclama que no hay suficiente inversión pública; el alto desempleo de jóvenes profesionales que estudiaron precisamente para ingresar al mundo laboral; hacer público los billones de pesos que se pierden anualmente por la corrupción, mientras se incrementa la planta de personal de los órganos de control, como si su papel fuera el de hacer detalladas autopsias en lugar de asegurar que el paciente no muera. 

Esto produce una sensación generalizada de perplejidad que ha llevado a un consenso sobre la importancia de dialogar. Varias iniciativas a nivel nacional y local están en movimiento. Sin embargo, estos espacios de deliberación deberían constituirse en el estilo de gobierno, en lugar de mecanismos coyunturales para terminar las protestas. 

Pero, ¿nos estamos haciendo las preguntas correctas? ¿Aquellas que no solo permitan resolver lo inmediato? Es necesario entender por qué llegamos a esta situación. Por ejemplo, ¿por qué mantenemos un estilo de democracia que realmente no es representativa y mucho menos participativa? ¿Por qué los partidos políticos se convirtieron en tramitadores de avales y las campañas en procesos que venden imágenes en lugar de promover escenarios para debatir ideas? ¿Por qué no hemos logrado construir planes de desarrollo que trasciendan los planes de gobierno? ¿Por qué el interés individual sigue prevaleciendo sobre el colectivo y permitimos que haya lucro en servicios básicos como la salud? 

Todas estas son preguntas incómodas que no formulamos seriamente y al no hacerlo olvidamos que olvidamos. Aceptamos el actual estado de cosas como algo natural y normal. Las universidades deben impulsar este meta-diálogo y actuar como conciencia crítica de la sociedad. 

ALFONSO REYES ALVARADO

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