De insomnios y angustias

“La necesidad de dormir andaba en mi cabeza, sentía que no podía dar más y que posiblemente moriría en el intento de seguir, tenía solo una opción si dar un paso o retirarme de la fila que estaba en la maraña.
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El miedo y la angustia me arropaban, no sabía si continuar el camino o alejarme de la tropa, no supe que hacer sólo sentí que el agua tapaba mis oídos y de repente dejé este mundo y las luces se me fueron”. Es el pequeño relato de un joven excombatiente, el cual me hizo saber su sueño de volver al campo, trabajar e intentar recuperar y compartir el tiempo junto a su familia, aunque en su rostro se vislumbra una sonrisa que intenta hacerle peso a una infancia postergada por la maldita violencia de nuestro país.

En ese instante, surge la necesidad de cuestionarse si la sociedad colombiana merece una paz imperfecta o se deben seguir los caminos de una guerra ajena, ¿qué se podría esperar?, dado que las élites y las familias que se han dividido el poder desde arriba, no tienen en concreto un proyecto de Nación que nos permita la construcción de otra realidad en medio de la violencia, la pobreza y el abandono estatal tan profundo que viven las regiones del país.

La juventud no es ajena a este panorama, son ellos unos de los principales afectados cuando la amplia brecha de desigualdad los afecta de forma profunda, y las secuelas de la guerra derrumba sus sueños, es allí que toma fuerza esa incapacidad de orientarlos por un rumbo que sirva como insumo para la reconstrucción de un proyecto de vida, el cual está mediado por la falta de oportunidades, la violencia estatal, la discriminación o indiferencia ante su rebeldía y la necesidad personal por sobrevivir en medio de los avatares propios de sus familias.

Tal vez, las instituciones cooptadas por las mafias y atornilladas por los grupos tradicionales y politiqueros, les cuesta entender o ignoran en todo caso, que no se pueden comparar las condiciones de existencia de aquel joven nacido en Pizarro – Chocó, o en su defecto, del proveniente de las altas urbes del Nogal en Bogotá, aunque con el paso del tiempo deben ingresar a esa carrera voraz y miserable de competir y encontrar algún espacio para intentar “vivir” dignamente en medio de una sociedad carcomida por la sed de justicia e inundada por la desigualdad en los territorios.

Es parte del insomnio que vivimos en Colombia, si nos debatimos entre seguir dándole fuerza a los criminales de la política tradicional, es decir, a esos que por más de medio siglo se han enriquecido a costilla de la necesidad, la precariedad y la insensatez de algunos que no tienen un sentido solidario de lo público, o si seguimos con la angustia de afrontar los cambios e intentar mirar con esperanza los nuevos aires que brotan en medio de la violencia sistémica que nos arrebata la ilusión de transitar hacia los caminos de paz que tanto necesitan las familias colombianas.

Ñapa: las llamadas disidencias de las Farc, siguen tomando fuerza en el sur del Tolima, ahora suenan los rumores que buscan controlar y atemorizar el territorio de la comunidad indígena Nasa Wes’x, vamos a ver si los gobiernos local, departamental y nacional toman cartas en el asunto o ignoran las denuncias y propuestas de los lideres étnicos de esta región.

JOSÉ JAVIER CAPERA FIGUEROA

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