Quien ama, siempre hace el bien

°°° « Uno de ellos, que era experto en la Ley, le preguntó para ponerlo a prueba: -«Maestro, ¿cuál es el mandamiento principal de la Ley?» Él le dijo: -«”Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con todo tu ser.” Este mandamiento es el principal y primero. El segundo es semejante a él: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo.” °°° (Mateo 22, 34-40).
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El amor nos permite descubrir la esencia y la verdadera interpretación de la ley de Dios. Una religión sin amor, no tiene sentido, no haya su razón de ser. El amor es el hilo conductor del querer de Dios, es la manera de ser de Dios, es la forma como piensa Dios, es la definición más perfecta de Dios.  Cuando las personas no se apuntan a la lista de quienes desean vivir según el mandato del amor de Dios, se complican su vida, preguntándose: ¿Quién es el más importante? ¿Quién es el primero? (cf. Mateo 19, 23-30) ¿Quién se merece estar a la derecha o a la izquierda? (Mateo 20, 20-23) ¿Quién es mejor que los demás?.

Para el Hijo de Dios, la vida es más sencilla y menos complicada. El punto del sabor de la vida, tiene su navegante que es el amor: Es el arte de aprender a caminar de la mano de Dios. Caminar en la misma dirección. Caminar según la voluntad de Dios. El Salvador del mundo sintetiza la ley que contiene 613 preceptos y prohibiciones y citando el “Shemá” la oración que el israelita piadoso reza varias veces al día, sobre todo por la mañana y por la tarde (cf. Deuteronomio 6, 4-9; 11, 13-21; Números 15, 37-41): como la proclamación del amor íntegro y total que se debe a Dios. Une perfectamente el amor a Dios con el amor a los demás. El acento está en aprender a amar: con el corazón, con el alma, y con la mente.

El amor no es sólo un sentimiento, sino que se debe entender en el sentido, de hacer siempre el bien a los demás, así lo entendió san Ignacio de Loyola diciendo: El amor se debe poner más en las obras que en las palabras. Ese es el pensamiento del santo Padre Francisco en su Exhortación apostólica “Amoris Laetitia” Mientras el amor nos hace salir de nosotros mismos, la envidia nos lleva a centrarnos en el propio yo. El verdadero amor valora los logros ajenos, no los siente como una amenaza, y se libera del sabor amargo de la envidia. (Numeral 95). Quien ama evita hablar demasiado de sí mismo; sabe ubicarse sin pretender ser el centro. (Numeral 97).  Cuida tu salud: Quien ama, nunca se deja vencer por el mal. (cf. Romanos 12, 21).

PADRE JAIRO YATE RAMÍREZ

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