Iván Márquez, el prestidigitador

Contrario a cuanto piensan algunos creo que el proceso de paz arrancó bien. La sesión inaugural en Noruega se enmarca dentro de lo que cabía esperar. El Gobierno, por conducto del jefe de la delegación, Humberto de la Calle, ejecutó un libreto lleno de serenidad y realismo.

Contrario a cuanto piensan algunos creo que el proceso de paz arrancó bien. La sesión inaugural en Noruega se enmarca dentro de lo que cabía esperar. El Gobierno, por conducto del jefe de la delegación, Humberto de la Calle, ejecutó un libreto lleno de serenidad y realismo. Por su parte, las FARC también cumplieron el papel que les correspondía, si bien no el que muchos sectores de la opinión púbica hubieran esperado, pero ése es su problema y no cambia para nada el rumbo de las negociaciones, como acertadamente lo ha indicado el presidente Santos.

El discurso contestatario y acusador de Iván Márquez hace parte de la escenografía y el decorado de este proceso de paz, y su misión es darle a éste un aspecto de negociación y no de entrega. Está construido para la galería nacional e internacional y para sus propias tropas, con el propósito de justificar 48 años de guerra. Fue ante todo un acto de prestidigitación política, cuyo objetivo estratégico es hacer que la gente se fije en las formas y no en el fondo. 

El discurso hace parte de un arsenal de recursos escénicos en el que están la inclusión de Simón Trinidad y Tanja Nijmeijer, como negociadores. Actos que tienen un alto contenido mediático y simbólico, pero que en el plano práctico carecen de repercusión. Con el primero le hablan a EEUU y con el segundo a Europa. Con este tipo de acciones las FARC buscan ocultar su derrota militar, y darle al proceso, repito, un carácter de negociación política y no de los términos del armisticio para la dejación de las armas. Este es todo el fondo del asunto. 

Con estos actos de prestidigitación quieren hacerle creer al mundo que van a negociar más asuntos que los recogidos en el Acuerdo para la terminación del conflicto, suscrito en Cuba. Para justificarlo, esgrimen que el preámbulo de dicho acuerdo consagra aspectos como los invocados por Márquez en su discurso. Y sí, tienen razón, eso es verdad, los consagra. Fue un gol que la guerrilla le hizo al Gobierno en las sesiones exploratorias, y es un campanazo para que el equipo negociador tenga claro que en un proceso de estos cada palabra cuenta, que no puede sobrentenderse nada y que todo tiene que ser explícito. 

Es ingenuo pensar que las FARC iban a desaprovechar la vitrina internacional que les brinda el proceso sin intentar legitimarse ante la opinión pública. Un discurso ‘blando’ podría haber proyectado la idea de una guerrilla arrinconada y arrepentida y, además, generado la percepción de que la paz ya está ‘cocinada’. Habría tenido un efecto desmoralizador sobre sus propias tropas, no hay que olvidar que la guerra sigue, que todos los días hay combates en el monte y la selva. 

Ciertamente, el discurso no estuvo diseñado para que le gustara ni a la elite nacional ni a los inversionistas extranjeros. Y si alguien cree que las FARC van a interpretar la parábola del hijo pródigo, más bien que se vaya desengañando. Nada. La guerrilla quiere entrar en la escena política y quiere hacerlo con un lenguaje transgresor, director y cargado de dinamita; y si cree que así le va a ir bien en las urnas en un futuro, eso es (repito) problema suyo y sólo suyo. Las FARC saben que Santos no va a negociar nada diferente a lo pactado en La Habana. 

El discurso de Márquez es sólo un acto de prestidigitación. El Gobierno supo manejar esa catilinaria cuando afirmó que sólo negociaría lo que está pactado en el acuerdo y que “no es rehén del proceso de paz”, dando a entender que se puede levantar de la mesa en cualquier momento, lo cual es un ‘cañazo’. Lo de Noruega fue simplemente un pulso mediático. Nada más. 

GUILLERMO PÉREZ FLÓREZ

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