Las ciudades entre los bosques

Eduardo Durán

La semana pasada tuve una experiencia fascinante: atravesé Bulgaria por carretera, en donde encontré la oportunidad de apreciar sus principales ciudades, entre ellas Sofía, la capital.
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Ese país es un maravilloso bosque. Todo lo que uno ve es alrededor de los árboles; la naturaleza se impone sobre todo el paisaje urbano, en las calles de las ciudades prima el verde y no sabe uno qué admirar más, si la arquitectura europea de sus construcciones, o los árboles de todos los tamaños que rodean las casas, edificios, parques y avenidas, pues no parece concebirse nada sin la cercanía con la naturaleza.

Y dentro de lo que más sorprende, es que en los ríos y quebradas es posible observar el agua cristalina que deja ver la arena, las piedras y los peces; pero además todas esas corrientes de agua están rodeadas de árboles, sus ramas caen sobre la corriente y la acariciaran a su paso.

Cualquier persona que aprecie ese panorama, puede comprobar que para los búlgaros el árbol va primero, para que el hombre pueda ir tranquilo detrás, respirando aire puro, recibiendo una sombra protectora, propiciando las lluvias periódicas y animando las corrientes de agua nutridas permanentemente por la presencia de la naturaleza.

Pero a su vez esa imponencia del medio ambiente hace que el ciudadano disfrute la calle, frecuente los parques, encuentre en cada espacio el disfrute del ecosistema y las señales de alentadora vida en donde el verde constituye el estímulo para sentirse parte de un planeta amable reconfortado por la convivencia pacífica, respetuosa y estimulante del hombre con la naturaleza.

Qué aterradora comparación con lo que ofrecen las ciudades en nuestro país, en donde se le da más importancia al cemento y al pavimento que a la vida representada en la naturaleza. El colombiano tiene una mentalidad expansionista, quiere aprovechar cada espacio para correr un muro, endurecer un piso o prolongar un techo, y así hemos construido ciudades asfixiadas, atiborradas, despiadadas, en donde la contaminación del aire nos llena de enfermedades, las fuentes hídricas desaparecen y nos traen la sequía, y las temperaturas se elevan ante la ausencia de una sombra protectora.

Por qué no diseñamos e imponemos de una vez por todas un plan para hacer una ciudad verde, en donde la naturaleza no sea apenas un remedo, una muestra simbólica o una pequeña señal para aliviar la conciencia con el medio ambiente. Necesitamos decisiones radicales, trascendentales y por, sobre todo, generar compromiso ciudadano, que tiene que comenzar por la voluntad política de quienes nos gobiernan.

Ahora que se cumple el centenario de la publicación de La Vorágine, se cumplen también 100 años de una denuncia literaria sobre el atropello a la amazonia colombiana. ¿Estaremos condenados a ese tipo de efemérides?

 

Eduardo Durán Gómez

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