En el tiempo de Dios

Indalecio Dangond

Hacen cuatro años tomé la decisión de darle un giro a mi vida profesional, en el sentido de aplicar mis capacidades y conocimientos, más al servicio y beneficio de las comunidades rurales de mi país.
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A pesar de haber tenido en el pasado un par de oportunidades de ayudar a miles de campesinos a mejorar su calidad de vida a través de esquemas asociativos en alianza con la agroindustria, me quedó faltando tiempo. En el sector público el exceso de burocracia, mediocridad y tramitología, no permite que los programas de verdadero impacto social y económico en la población rural, avancen eficazmente y se sostengan en el tiempo. La mayoría se quedan en titulares de prensa y presentaciones en PowerPoint.

Un poco frustrado por la imposibilidad de poder ayudar a la población rural desde lo público, decidí entonces crear una empresa dedicada a fomentar el crédito agropecuario para facilitarle a la banca y a los productores del campo la información que requieren para estructurar y evaluar un proyecto productivo con bajo riesgo, alta rentabilidad y fuente de pago. Pensé que con ello iba a lograr mayor confianza en ambos sectores y fomentar las colocaciones de créditos en el campo, pero el esfuerzo fue en vano. En Colombia, no existen los mecanismos legales, técnico ni operativos que permitan irrigar el crédito al sector productivo y a los pequeños y medianos productores del campo. Estamos administrando un sistema de crédito agropecuario disfuncional que no alcanza a financiar las necesidades de capital de trabajo e inversión, siquiera del 10% del total de los agricultores y ganaderos del país. La fuga de recursos de créditos se está yendo hacia sectores que no lo requieren.

No voy a negar que tuve la intención de abandonar el tema y dedicarme a lo fácil y a lo que da billete, como me solían decirme varios banqueros. Afortunadamente, la fe y la pasión por mi trabajo, pudieron más que los obstáculos y las decepciones. Una mañana cualquiera le pedí a Dios en mis oraciones, que me diera luz y sabiduría para encontrar un vehículo sin tantos palos en la rueda que me permitiera cumplir con la misión de ayudar a mejorar la calidad de vida de esa población campesina y dignificar su trabajo.

Esa señal llegó el 11 de agosto de 2015, pero de una manera extraña. Pensé que iba a recibir una llamada de alguno de los organismos de cooperación internacional o de los fondos de inversión que días antes había contactado para plantearles mi propuesta de inclusión financiera para población rural. Pues no. Ese día, la única información que recibí fue el informe de los resultados del Censo Nacional Agropecuario.

El diagnóstico encontrado por los jóvenes que censaron a 2.7 millones de productores del campo no pudo ser peor. El 89% de los productores encuestados dijeron que estaban por fuera del sistema financiero y del servicio de asistencia técnica pública. El abandono del Estado sobre el sector rural había hecho metástasis en todas las regiones del país. Fue entonces cuando entendí la señal de Dios. Me estaba invitando a ser más creativo en la solución de tan enorme problema. Continuará.

INDALECIO DANGOND

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